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jueves, 13 de diciembre de 2012

Los Infiltrados Extraterrestres y el planeta Acron

Los Infiltrados Extraterrestres y el planeta Acron
En el año 1982 un hombre y una mujer alquilaron un apartamento en una pequeña población costera del Sur de España. Pasados unos días, el acompañante de aquella bella mujer se marcho y por designios del destino, un ingeniero de origen español entablo amistad con la turista norteamericana. Con el paso de los días, la relación del ingeniero con la norteamericana se hizo mas intima. Un día, aquella bella mujer le hizo una confesión: Soy una extraterrestre que ha ocupado el cuerpo de otra mujer que falleció en un accidente de tráfico en la península de Yucatán, México. (El accidente ocurrió el 15 de diciembre de 1975, en el km. 31 de la carretera Merida-Playa del Carmen, cuando el autobús en el que viajaba, volcó, muriendo entre 10 y 15 pasajeros). Aquella mujer le explico que procedía de un planeta llamado Acron, situado en la Constelación de Orión. También le dijo que en la superficie de ese planeta la temperatura alcanza los 700 grados C. , motivo por el cual debían vivir bajo la superficie calcárea de dicho planeta.
El ingeniero español no terminaba de creerla pero en ella había muchas actitudes que no le encajaban. La norteamericana se había convertido en su amante pero siempre noto en ella una frialdad de alejamiento que lo confundía.
Por casualidades del destino, el investigador español J.J.Benitez, a través de amigos comunes, tuvo tiempo después conocimiento de aquellos hechos. Por entonces la norteamericana ya se había marchado y el ingeniero desconocía su paradero. Entonces J.J.Benitez inicio una investigación que le llevo a México y Estados Unidos, donde finalmente dio con el pardero de aquella mujer que se perfilaba realmente como una extraterrestre, pudiendo finalmente entrevistarla. De aquella conversación, J.J.Benitez no consiguió que la extraterrestre le confirmara su origen, pero si le dijo algo importante: Guíate por tu instinto, por tu intuición.  Lo cual hizo a la perfección J.J.Benitez, llevándolo a México a investigar el accidente donde hallo pruebas determinates sobre los hechos de aquel accidente de autobús.
Todo ello quedo plasmado en uno de los mejores libros de J.J.Benitez : RIKY B. una historia oficialmente imposible.
He añadido algunos fragmentos de dicho libro:

Uno de los mejores libros de investigacion escritos por J.J.Benitez
Aunque parezca increíble, el ingeniero no recordaba el nombre ni el apellido de la norteamericana.
—Para eso soy un desastre —reconoció una y otra vez—. Además, el nombre era raro...
—¿Y de dónde sacaste lo de Ricky?
—Fue la primera vez que la vi. Unos obreros me habían hablado de ella, de una forastera muy guapa que paseaba solitaria por el pueblo. Se alojaba en unos ex-apartamentos de una amiga mía y, me interesé por dicha extranjera en cuanto tuve ocasión. Marta, la dueña de los apartamentos, me confirmó la noticia. Era norteamericana, «muy rara», de una belleza que llamaba la atención y, en efecto, se hallaba sola. Total, que le pedí que me la presentara. Y así fue. A los pocos días, en esta misma casa, mientras jugaba a las cartas con unos amigos, apareció Marta con una de sus hijas pequeñas y la bella extranjera. Y recuerdo que puse a la niña sobre mis rodillas y le pedí que eligiera las cartas. Aquello, al parecer, molestó a la norteamericana y me acusó de «estar corrompiendo a un niño». Cuando le pregunté por qué se limitó a responder que «no debía enseñar juegos de azar a los niños porque eso perturbaba su desarrollo mental». Aquella brusquedad, aquel genio, aquel carácter fuerte no sé por qué me recordaron al protagonista de una película: el sar­gento Ricky. Y se quedó con el apodo. Desde entonces, siempre la llamé así. Y a ella le hizo gracia.
Pero ya es hora de pasar a la historia propiamente dicha. Buceando en aquellos interrogatorios procuraré hacer una reconstrucción general de la misma, poniendo —de momento— algunos de los hechos y ­circunstancias claves. El resto de los detalles, en beneficio de una mejor comprensión, irá apareciendo ­paulatinamente.   
La verdad es que en aquel período de conversaciones previas no todo fue bien. A pesar de los esfuerzos de mi amigo, las fechas del «incidente» aparecían borradas en su memoria. Y por más empeño que puse, que pusimos, por más referencias que buscamos, lo único ­que terminé sacando en claro es que la breve convivencia con Ricky había tenido lugar «después de la muerte de Franco». No era mucho, pero no me desanimé. Aho­ra, a los dos años de iniciada la investigación, intuyo ­que esa laguna mental también encerraba su «porqué». De una forma sutil, el lapsus me obligaría a desplegar ­toda la «artillería pesada», poniendo a prueba, una vez más, lo que, sin duda, distingue al auténtico investigador: la tenacidad, la constancia y la paciencia.

Pero ¿nunca supiste su verdadero nombre?
Sí, me lo dijeron... Pero no consigo recordarlo. Como te he dicho, era raro...
Ten en cuenta —se cansó de repetir el ingeniero a lo largo de aquellos interrogatorios— que mi relación con ella fue un simple «ligue». Nada serio. Algo puramente circunstancial. Yo estaba divorciado hace muchos años y, sencillamente, aquella extranjera era espectacular...
—Bien, ¿y qué ocurrió?
—Esa misma tarde hice un aparte con ella. Le ex­pliqué que regresaría el siguiente fin de semana y
que, si le parecía bien, podía venir a mi casa. La ver­dad es que me quedé prendado...
—¿Cómo era físicamente?
—Rondaba los treinta años. Alta, espigada, cabe­llo largo y negro. Ojos azules, profundos y preciosos. Cara de niña y una figura aparentemente frágil y des­lumbrante.
Y al viernes siguiente, entrada ya la tarde, llegó ca­minando por la playa. Y poco faltó para que se malo­grara la cita. Yo me encontraba en la planta baja y no la oí llamar. Ricky entró por la parte de atrás de la casa y se dirigió directamente al piso superior. Menos mal que la vi cuando se dirigía de nuevo a la playa... (1).
Y ahí empecé a cortejarla. Salimos a cenar y la aventura se prolongó por espacio de unos dos meses.
En ese tiempo, mi amigo, el ingeniero, empezó a notar «algo» extraño. Al parecer, el comportamiento de su «novia» no resultaba muy normal...
—Al principio, si te soy sincero, pensé que era una «gringa» loca. Una extravagante. Sólo tomaba leche y verduras. Mucha leche. Y con la leche, todo un surti­do de pastillas. En su apartamento, en un maletín, guardaba más de veinte frascos con medicamentos. Pero no eran convencionales. En cada bote, de color negro, aparecía una etiqueta con algo así como una fórmula química. Ahora me arrepiento de no haber­los examinado con detenimiento.
»A la hora de las comidas siempre teníamos pro­blemas. Cuando me veía devorar un filete la recrimi­nación era fulminante: «Te estás suicidando, ¿lo sa­bes?»
Y añadía con una seguridad que me dejaba per­plejo: «Tú tienes un organismo que puede vivir dos­cientos veinte años. Cuando te comes eso, te estás quitando posibilidades de vida... ¡Estás loco! »


 (1) La localidad en la que se encontraban dichos apartamentos —y a la que, desde ahora, me referiré como población «A»— dista unos cuatro kiló­metros de la casa del ingeniero.

—Que fuera vegetariana no implica rareza...
—Es que había más, mucho más. Su comporta­miento, en general, era esquivo. Salía a comprar su leche y se encerraba en el apartamento. Y allí escribía y escribía. Creo que llegué a ver alrededor de cuaren­ta o cincuenta pequeñas libretas de tapas negras, re­pletas de una escritura muy menuda. Cuando le pre­gunté qué hacía respondió que «lo apuntaba todo». La verdad es que su curiosidad era insaciable y sus preguntas muy extrañas.
—¿Por qué?
—Parecía una niña de doce años. De pronto se que­daba mirando a un pino y preguntaba qué edad tenía. « ¿Por qué unas personas se dan la mano y otras se be­san? ¿Qué sistema político tenéis en este país? ... » Eran cuestiones absurdas. De un infantilismo tal que llegué a pensar que aquella mujer había vivido recluida du­rante mucho tiempo. Le fascinaba, por ejemplo, que la paseara en automóvil y que la llevara a los pueblos cer­canos. Se quedaba absorta frente a un puesto de pes­cado. En cierta ocasión, al descubrir en mi casa unas cabezas de mero disecadas volvió a recriminarme, ar­gumentando que «aquella costumbre era horrible».
»En Sevilla, durante una visita turística, se quedó asombrada al ver el gran número de botellas almace­nadas en el supermercado de El Corte Inglés.
—¿Por qué dices que su comportamiento era es­quivo?
Era una observadora, pero a distancia. En los restaurantes, cuando salíamos a comer o a cenar, siempre elegía el rincón más apartado. Y se colocaba de espaldas a la pared, de forma que pudiera contem­plar a los comensales.
Generalmente, yo venía a visitarla los fines de se­mana. Pues bien, el resto lo pasaba en su apartamen­to. Daba largos paseos al atardecer, pero no hablaba con nadie. Tampoco tomaba el sol. Como te digo, se encerraba y escribía.
—¿Llegaste a leer el contenido de esas libretas?
—Tampoco. Y fue una lástima. Yo le preguntaba qué era lo que escribía y contestaba: «Escribo todo lo que veo, todo lo que pienso... »
»El problema es que, como te decía, yo la conside­raba una «loca». Y no la tomaba en serio.
Hasta que, cierto día, avanzada la relación, el in­geniero fue a descubrir «algo» que le intrigó.
—Francamente, me asusté. Al verla desnuda repa­ré en un gran boquete que presentaba en la parte pos­terior de su pierna derecha. Concretamente, en la re­gión de los músculos gemelos. Era enorme. Casi se le veía el hueso. La verdad es que impresionaba. Cabía un puño. Y pregunté qué le había sucedido. Sus pala­bras me dejaron de piedra, pero llovía sobre mojado y no la creí.
»Respondió que, en realidad, era un ser extrate­rrestre, que había tomado el cuerpo de una mujer, fa­llecida en un accidente de autobús, en México.
»—¡Qué bien! —repliqué, pensando que me toma­ba el pelo—. Así que eres una extraterrestre...
»Y Ricky, en tono grave, sin asomo de broma, expli­có «que se había metido en el cadáver de una mujer que murió desangrada». Y añadió que, «entre los fallecidos en ese autocar, éste era el cuerpo menos dañado».
» Como comprenderás, le seguí la corriente, sospe­chando que no estaba bien de la cabeza. Pero, era tan hermosa que me dio lo mismo...
Durante horas, a lo largo de aquellos meses, insis­tí en el asunto del supuesto accidente. Pero el inge­niero —lógica consecuencia de su escepticismo— no pudo ampliar la información. Todo aquello se le an­tojó tan fantástico que no se preocupó de profundizar en la revelación de su amiga. Recordaba, a lo sumo, dos o tres detalles más.
—Me dijo que el autobús se despeñó y que la mu­jer desangrada permaneció varias horas atrapada bajo los hierros.
Eso fue todo. Por no saber, mi amigo no sabía ni la fecha ni el lugar del siniestro. Otro grave obstáculo a la hora de emprender la investigación. México es un país inmenso y, lamentablemente, cada año, los casos de «camionazos» —como allí denominan a los acci­dentes de autobús— se cuentan por decenas. Pero si­gamos paso a paso...

—Y comprendí —puntualizó el ingeniero— por qué siempre utilizaba pantalones.
—Por cierto, ¿se maquillaba?
—Nunca. Era todo menos femenina. Jamás he vis­to una mujer que se cuide menos. No se perfumaba. No se pintaba. Y te diré más: carecía del sentido del pudor. Cuando entraba al retrete, jamás cerraba la puerta. Le daba igual.

PAGINA 22

Ricky, por supuesto, siguió insistiendo en su ori­gen «no humano». Y le explicó a su amante que «ellos procedían de lo que nosotros llamamos la constela­ción de Orión. Concretamente, de un mundo que re­cibe el nombre de "Acrón"».
Y el ingeniero comenzó a dudar.
Cuando me habló de «Acrón» consulté una enci­clopedia. Y vi que la temperatura de ese lugar ronda­ba los seiscientos grados centígrados. ¡Ya te pillé!, me dije. Y al volver a verla, convencido de que todo era una broma, pregunté con cierta sorna: ¿y qué tem­peratura tenéis en vuestro mundo?
«Setecientos grados», replicó al instante. Me que­dé perplejo. Entonces, como lo más natural, añadió que «ellos vivían bajo la superficie, protegidos por una corteza calcárea». Como podrás suponer, yo no salía de mi asombro. Y me explicó que carecían de cielo.
—Supongo que no te interesaste por el verdadero aspecto físico de esos supuestos seres...
—Para nada. ¿Por qué hacerlo si no daba crédito a sus palabras? Ella continuaba asegurando que era ex­traterrestre y a mí, la verdad, por un oído me entraba y por otro me salía. La señora era guapísima y eso era lo único que importaba. Pero, poco a poco, fui presen­ciando actitudes que me confundieron. Por ejemplo: cuando se quedaba a dormir en mi casa, a las tantas de la madrugada la veía desaparecer de la cama y, casi desnuda, bajaba a la terraza y comenzaba a practicar una especie de extraña danza. Algo así como el «tan­dava» de Shivanataraja. Y así permanecía durante ho­ras... A la mañana siguiente, al interrogarla sobre el porqué de tan singular comportamiento, Ricky res­pondía que «aquello» era una forma de ponerse en ar­monía con el cosmos.
Naturalmente, el cada vez más confuso ingeniero, medio en broma medio en serio, terminó preguntán­dole la razón de su «visita» a la Tierra.
—«He venido», me dijo, «para investigar».»
—¿Investigar?
»—Sí —añadió—, entre otras cosas, a un viejo maya que conserva la memoria genética y puede leer los jeroglíficos...
»Y me contó cómo, tras meterse en el cuerpo de la mujer, vivió un tiempo en México, investigando el asunto de los mayas. Allí, al parecer, tuvo otro novio. Un mexicano...
Ricky, en efecto, hablaba castellano, aunque —se­gún el ingeniero— con un notable acento mexicano.
Al interesarme por el grado de inteligencia del ex­traño personaje, mi amigo fue rotundo:
—Brillante.
Y recurrió a un nuevo ejemplo.
—Yo presumo de ser un excelente jugador de aje­drez. Pues bien, en cierta ocasión le mostré un juego realmente diabólico: el «Otelo». Llevo practicándolo más de veinte años y jamás me ha ganado nadie. Le enseñé a jugar y en la primera partida, a los pocos mi­nutos, me destrozó. Aquello me llegó al alma. ¿Cómo era posible?
»—Cuestión de genética —argumentó Ricky.
»Y volví a intentarlo. Pero fue una derrota tras otra.»
—Y ya nunca podrás ganarme... —remató la muy condenada. Y así fue.
La relación entre el ingeniero y la bella norteame­ricana se prolongaría, al parecer, por espacio de unos tres meses.

PAGINA 255
Y al cerrar el cuaderno, las sospechas se vistie­ron ya de seguridad:
«La supuesta alienígena era, cada vez, menos supuesta.»
Y Ricky, en la lejanía, susurró:
«¡Confíe en la intuición!»
Y el Destino (?), entonces, sólo entonces, habló con voz grave...
Y lo hizo nada más aterrizar en la capital azteca y por boca de la amiga que —«causalmente»— nos acompañó en aquellas breves horas en el Distrito Fe­deral.
Y la noticia —especialmente «oportuna»— me hizo sonreír para mis adentros... «Sí, todo atado y bien atado.» La «advertencia» llegaba... «en su momento».
«¿Cómo es posible que no lo hubiésemos sabido mucho antes?... Nuestra amistad es antigua... Muy antigua...»
Y el Destino (?) sonrió burlón.
Alguien, un familiar de esta mujer, decía haber co­nocido —¡durante ocho años!— a un ingeniero quí­mico... ¡no humano!
Un individuo de origen extraterrestre... camuflado entre nosotros. ¡Dios santo! ¿Otro «infiltrado»?
Y curiosa y sospechosamente, nada más pisar Es­paña, el Destino (?) volvió a la carga...
Y este perplejo investigador recibiría, casi simul­táneamente, otras dos «advertencias» de idéntico corte.
Primera: un grupo de supuestos «alemanes» (?) —más de veinte—, alojado en un hotel del sur de mi país, había «desaparecido» de la noche a la mañana, «olvidando» equipajes y pertenencias...
Y algunos testigos afirmaban haberlos visto entrar en un ovni, despegando silenciosamente y perdiéndose en el firmamento...
¡Dios bendito!
No, esto no era normal...
Segunda: seres «no humanos» trabajaban, al parecer, en determinada región de Sudáfrica... bajo el as­pecto de médicos...
¿Casualidad? Lo dudo...
Y creí morir.
«¿A qué me enfrentaba? ¿A qué clase de invasión" estaba asistiendo? ¿Cuántos son en realidad? ¿Cómo reconocerlos? ¿Quién es quién? ¿Desde cuándo están aquí?»

J.J.Benitez el magnifico escritor e investigador español




7 comentarios:

  1. Vaya¡¡ me quedo muda, porque siempre existe la posibilidad que esto se cierto , ¡Cuantos andarán por ahí y de que razas estudiándonos? Muy interesante, gracias.

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  2. Nombre: Rafa sanchez. Estamos manipulados genéticamente por ejemplo yo tengo hijos y no trabajo por que prefiero vivir del trabajo de mi mujer y hermana claramente estoy manipulado genéticamente por los extraterrestres para ser un vividor gandul y vivir del cuento y criticar a los demás. Gracias por vuestro apoyo

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  3. La droga es mala, muy mala.

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