Buscar este blog

sábado, 20 de febrero de 2016

El extraterrestre era alto. Poseía unos ojos muy grandes, almendrados, de un azul límpido, tan claro que su mirar daba la sensación de ser un tanto desvaído pero llenos de vitalidad. Su tez, era blanca, ligeramente sonrosada. Imberbe. Los cabellos de un rubio claro, cayéndole casi hasta los hombros. Le dijo a Jaime Bordas Bley: ¡Quisiera pedirle un favor! “Espero de su amabilidad que me facilite cada día, a esta hora, un par de botellas de leche y pan”.

El extraterrestre era alto. Poseía unos ojos muy grandes, almendrados, de un azul límpido, tan claro que su mirar daba la sensación de ser un tanto desvaído pero llenos de vitalidad. Su tez, era blanca, ligeramente sonrosada. Imberbe. Los cabellos de un rubio claro, cayéndole casi hasta los hombros. Le dijo a Jaime Bordas Bley: ¡Quisiera pedirle un favor! “Espero de su amabilidad que me facilite cada día, a esta hora, un par de botellas de leche y pan”.




¿Por qué querrían comunicarse civilizaciones extraterrestres con los seres humanos? Muy posiblemente porque sienten cierta responsabilidad moral hacia los habitantes de este planeta. Si tenemos en cuenta las atrocidades que cometen los seres humanos; aquellos que visitan la Tierra intentaran de algún modo “que la evolución” del planeta azul se corrija necesaria y definitivamente… ¿Pero como deberían hacerlo, si las autoridades niegan su presencia?... La lógica nos lleva entonces hacia un ritmo lento pero constante, apareciendo sus naves en cualquier punto del planeta y dejándose fotografiar por los asombrados testigos.


Otra forma más elaborada por los extraterrestres (intuyo) viene a ser la presencia directa de los tripulantes de esas naves prodigiosas, tomando contacto con algún que otro terrestre; intentando que ese contacto llegue algún día a conocimiento de la población en general. En estos casos, los extraterrestres suelen “escenificar” unos hechos que pueden parecernos sorprendentes e ilógicos, como le ocurrió en su momento a  Jaime Bordas Bley cuando un “ser de apariencia extraña” se acercó hasta su casa “pidiéndole un favor”. En este caso, el sorprendido contactado necesito de un tiempo hasta llegar a ciertos razonamientos y conclusiones, más concretamente cuando el extraterrestre le explicó que venía “de arriba”.

Pero,… ¿Cómo se pueden los extraterrestres manejar la psique de unos seres aparentemente tan atrasados como los humanos? ¿De qué forma lo haríamos nosotros mismos, por ejemplo, intentando explicar a un nativo de la Amazonía los principios básicos de la computación? Difícil empresa, ¿verdad?



Si hacemos caso de algunos contactados, la Vía Láctea se encontraría en estos momentos habitada por incontables civilizaciones capaces de desarrollar viajes interestelares. Por ejemplo el 5 de Julio de 1978, a las 02:30 horas de la madrugada,  el contactado español Pablo R. viajaba por la provincia de Alicante (España) tras haber realizado una reunión de negocios. Tras una curva, se topó con una nave discoidal que emitía una luz anaranjada. Por un momento su coche se detuvo. Entonces sintió que una voz le llamaba e hizo aparición un extraterrestre de aproximadamente 1,80 de altura o más. :

Decía Pablo R.:

Pero fue sólo un segundo. Hasta que me di cuenta de que me habían llamado por mi propio nombre. Tenía que ser alguien que me conociera...Apunté la linterna a la oscuridad y distinguí una figura alta...No sé... tal vez un metro ochenta...tal vez más. Vestía una especie de mono transparente muy ajustado. Me extrañó por el calor que hacía aquella noche.
Su rostro era de facciones regulares y sólo recuerdo que sus ojos eran brillantes y un poco rasgados. Como los chinos... o más bien como los malayos.

Y momentos después, se estableció un dialogo claramente telepático entre Pablo R. y el extraterrestre. Añadía Pablo R.:

Creo que debí preguntarle quién era… cómo había llegado hasta allí.... de donde procedía...Sí, debí preguntarle todo aquello, porque contestó con mucha claridad...



Nave nodriza fotografiada por el contactado George Adamski

VELOCIDAD, DISTANCIA.

Ustedes no conocen mi planeta, dijo. Está en una zona de oscuridad que no captan sus telescopios ni sus receptores de radiaciones de microondas.
‑ ¿Están a mucha distancia de la Tierra?
‑Para su concepto de distancias, sí. Sus más veloces astronaves tardarían cientos de años en llegar allí.
‑ ¿Viajan ustedes a velocidades superiores a la luz?
‑No se trata de velocidad. Ni tampoco de distancias. Es un concepto incompren­sible para la física que ustedes conocen y tardarán aún bastante en descubrirlo. Con los conocimientos actuales de la ciencia no pueden ni siquiera entenderlo. Nosotros vivimos en una concepción totalmente distinta, para la que no sirven los parámetros de la Tierra en cuanto al tiempo y espacio.
‑Pero usted es un ser físico..., humano... ¿verdad?


extraterrestres

Sonríe...Tiene un cierto carisma de sonrisa benevolente.
‑Claro. En mi mundo somos humanos como ustedes. Existen algunas diferencias anatómicas de poca importancia. Sin embargo, lo que más marca la diferencia entre nosotros no es la materia física, sino la desigualdad de evolución, primero mental y luego astral y espiritual. Ustedes están evolucionando aún en el plano físico. Pero van a iniciar el paso a una evolución mental muy importante. Después... tal vez dentro de mil o dos mil años iniciarán la evolución astral...Y más adelante podrán dar el gran paso en la evolución espiritual. Más ésta tardará aún mucho tiempo en llegar.
-Yo había imaginado a los extraterrestres...de otra forma.
‑Hay algunos de otra conformación morfológica.
‑ ¿No son ustedes los únicos?
‑Naturalmente que no.
‑ ¿De dónde vienen los otros?
‑ ¿Por qué dan tanta importancia al lugar de procedencia. Cuando ustedes colonizaron las tierras salvajes de su planeta, las tribus que las habitaban no se plantearon nunca si los primeros seres blancos que veían procedían de un lugar o de otro...Actualmente llegan naves de diferentes puntos del espacio, porque ustedes se hallan en un lapso de transformación.

Seguí preguntando:
‑ ¿En qué planetas hay vida?
‑ Venus... Marte... En la Luna hubo vida hace mucho tiempo. Fueron establecidas allí unas bases para investigaros. Con el paso de los siglos las bases han quedado ocultas, aunque algunos astronautas han detectado algo que se silenció a la opinión pública por razones políticas.
Existe también una avanzada civilización en Ganimedes (satélite de Júpiter) que se halla muy cerca de vuestros parámetros mentales. Posiblemente, con el tiempo, sean ellos quienes establezcan el contacto directo a nivel oficial con vosotros. Urano está vacío. Una serie de condiciones cósmicas adversas lo imposibilitan para ser utilizado por ningún ser viviente. Lo mismo le sucede a Neptuno.



Imagen de Saturno tomada por la sonda Cassini el 28 de marzo de 2014 a una distancia de 2.861.094 km.

 Saturno dispone de una forma de civilización que os sorprendería. Es como un enorme jardín. Pero hay una diversidad de factores que, aunque llegaseis allí, os impedirían verlos.
Lo cierto es que aún os faltan muchos siglos para llegar a alcanzar el nivel cósmi­co adecuado que os permita establecer lo que vosotros llamaríais un contacto irreal, pero que en verdad es más real que ningún otro.
‑ ¿Son muchas las razas que existen en el espacio?
‑ Sí, incontables. Yo mismo no las conozco todas. Ningún sabio de mi planeta ha conseguido saber hasta dónde llega el Universo (Aquí se refiere seguramente al Cosmos), ni cuántas son las razas que lo habitan.
‑ Pero, ¿conocen ustedes muchos planetas habitados?
‑ Alrededor de ciento veinte mil. No todos ellos se encuentran en avanzado esta­do de evolución. Algunos incluso han evolucionado en sentido contrario y hoy se hallan en plena regresión hacia el estado vegetal. Sin embargo, con el tiempo volverán a resurgir.


Luis Jiménez Marhuenda
(FUENTE: Información recogida por el investigador Luis Jiménez Marhuenda que publicó en el periódico Información de Alicante, los días 22 y 29 de Octubre de 1.978. Articulo incluido en el libro Los Grandes Contactados, de Manuel Navas Arcos)

Todo ello nos lleva a la conclusión que los seres humanos vivimos “artificialmente aislados” del resto de la “comunidad de vecinos planetaria” principalmente por dos razones: Primera el miedo y cerrazón mental de las autoridades que temen perder su cuota de poder, alimentando la ignorancia del pueblo para conseguirlo; segunda, por la desidia de la población en general, que eligen y prefieren cierta “comodidad artificial” frente a una “necesaria evolución” que presumiblemente implicaría hacerse determinadas preguntas, que tal vez chocarían contra su propio ego...

Antes de dar paso al relato de Jaime Bordas Bley, descrito con destreza en el libro ¿De veras los OVNIS nos vigilan? de Antonio Ribera,  traeré una pequeña parte del dialogo mantenido por el contactado Daniel W. Fry con un extraterrestre llamado A-Lan, y recogido en su libro “El incidente de White Sands


Así explicaba A-Lan a Daniel W. Fry respecto a cómo necesariamente transmitir su vivencia de contacto al resto de seres humanos:

-“Si bien es verdad que mucha gente teme cualquier cambio en sus vidas, hay muchos otros que comprenden los problemas críticos que existen en su civilización y están buscando muy seriamente y en forma incansable una solución.

Esa gente entenderán su deseo de propalar las verdades que yo voy a darle. Ellos le prestarán cortés atención y expresarán el deseo de un mayor conocimiento, así que ellos pondrán cuidado antes de reír. Y en cada uno que presta atención y desea comprender, Ud. tendrá otro amigo.

No se olvide de lo que le dije respecto al poder del pensamiento. Cuando Ud. tiene amigos, nunca estará solo no importa donde esté. Cada mente que está con Ud., permanecerá con Ud. y lo respetará. Yesos amigos adicionales le darán valor y capacidad para sobreponerse a los problemas que puedan presentarse”.

-Eso espero, -dije- .Tengo la sensación, que si hago lo que Ud. dice, voy a necesitar abundancia de ambos.
Han transcurrido más de cuatro años desde su primer contacto conmigo. Ud. debería estar ya completamente adaptado a nuestro ambiente. ¿Por qué no hace descender su nave sobre los jardines de la Casa Blanca alguna mañana, pide que se le den facilidades para comunicarse con el mundo entero y transmite inmediatamente su mensaje a todo el planeta?

-Una solución tan simple sólo está dictada por el deseo, -replicó Alan-. Hemos discutido esto antes. Si Ud. piensa un poco, verá que hay muchas razones de orden general y específico por las cuales tal solución no daría resultado.

En primer lugar está el aspecto psicológico. Si nosotros apareciéramos como miembros de una raza superior viniendo de arriba para conducir el pueblo de la Tierra, haríamos pedazos el equilibrio del ego de su civilización. Decenas de millones de habitantes, en su desesperada necesidad de evitar ser desplazados a un segundo lugar en el universo, llegarían a extremos inconcebibles para negar nuestra existencia. Sí nosotros recurriéramos a medios para forzar en ellos la conciencia de nuestra real existencia, aproximadamente el 30% de esa gente insistiría en considerarnos dioses e intentarían responsabilizarnos de su propio bienestar.

En el restante setenta por ciento, la mayoría nos consideraría como tiranos potenciales que estuviéramos planeando esclavizar su mundo y muchos empezarían inmediatamente a buscar recursos para destruirnos.
Si puede derivarse algún bien importante y durable de nuestros esfuerzos, los líderes deberán ser miembros de su propio pueblo u hombres indistinguibles de ellos.

Es práctico por consiguiente darse cuenta que si nosotros fuéramos a aterrizar cerca de la sede de su gobierno, seríamos inmediatamente rodeados y llevados por las fuerzas militares, cuyo deber es proteger a sus gobernantes de todo posible daño.

Seríamos interrogados por horas, quizás días antes que se atendiera cualquier pedido nuestro. Luego seríamos obligados a exponer nuestra superioridad en el dominio de la ciencia material. Una vez demostrada nuestra superioridad en este campo, los jefes militares considerarían imperativo que sus países adquirieran y protegieran ese conocimiento científico avanzado.



La actitud de su gobierno, común con la de los gobiernos de otras naciones adelantadas de su planeta, es que todo nuevo conocimiento, particularmente el conocimiento científico, es propiedad del estado. Será conservado secreto, o será diseminado cuando y en la manera que ellos lo consideren necesario.

Tal actitud no es defecto de un individuo o de una fracción política. Es simplemente una filosofía de gobierno que se desarrolló durante las dos últimas guerras mundiales.

Recibió gran impulso en su país por la necesidad de guardar en secreto el desarrollo de las armas nucleares. Pero la "seguridad" militar debería basarse en la lógica y la razón. Se ha transformado en muchos casos en un pretexto para ocultar cualquier cosa que pueda molestar a uno o más miembros del cuerpo de gobierno.

En realidad, la mayoría de las tensiones que existen entre muchas naciones del globo, son el resultado directo de este excesivo secreto.

Con esto presente, Ud. puede darse cuenta clara: cualquier información que su gobierno pueda adquirir concerniente a nosotros, nuestra nave o nuestros conocimientos, será considerado el más vital secreto militar jamás poseído.

-Pero supongamos que Uds. aterricen, -dije-. Supongamos que Uds. dieran a nuestro país los beneficios de su sabiduría, ¿No prevendría esto el estallido de otra guerra?

-Seguramente Ud. no pensará que nosotros seríamos tan bárbaros, que atacaríamos otro país simplemente porque nos sentimos poseedores de medios para conquistarlos.
De ninguna manera -replicó Alan-, permítame que aclare mi punto de vista. Si nosotros aterrizamos en su país, su gobierno trataría de mantenerlo secreto, pero no tendría más éxito que el que tuvo para guardar en secreto sus armas nucleares. Tan pronto como el Gobierno de la Unión Soviética sepa que las fuerzas militares de los Estados Unidos han adquirido conocimientos altamente avanzados, decidirían que la única esperanza de evitar el dominio por los Estados Unidos, sería lanzar un ataque inmediato. Recuerde la lección de Pearl Harbor, y se dará cuenta de esto más claramente.




Si aterrizáramos en ambos países simultáneamente, el resultado más probable sería, una intensificación de la ya existente carrera de armamentos. Eventualmente podría desencadenar el holocausto que estamos intentando prevenir.

Nosotros señalaremos el camino y los ayudaremos a comprender la sabiduría del amor y la cooperación. Les brindaremos nuestra ayuda en la medida que podamos, pero Ud. y la gente que hemos contactado tendrán que difundir la palabra y ayudar al mundo a comprender.

“Si sus niños tendrán un futuro hacia el cual mirar, dependerá grandemente del éxito o fracaso de sus propios esfuerzos”.

-Me doy cuenta el peligro que plantea a nuestra civilización el riesgo de una guerra atómica, -dije-. Cualquiera que trabaje en el campo técnico lo sabe. Casi todos los científicos cumbres de nuestro país han, en un momento u otro, hecho la afirmación que una guerra atómica en gran escala llevaría a la virtual destrucción de nuestra civilización, pero nadie parece prestarles atención.

-Ello es porque sólo han planteado el problema sin ofrecer una solución,-dijo Alan-. En realidad la posibilidad de una guerra atómica no es el problema, sólo es un síntoma y nunca nadie ha curado una enfermedad tratando únicamente los síntomas.



Su civilización está enfrentando un gran problema, que durante los últimos años se ha vuelto crítico. Su existencia no es culpa de ninguna raza, credo o facción político, sino el resultado de una debilidad básica de la naturaleza humana. La falta de atención y la incertidumbre que Uds. manifiestan a menudo hacia la Fuerza Creadora Suprema, y su fracaso en comprender cómo esta gran Fuerza Creadora Espiritual puede ser usada para ayudarlos a expresar más amor y consideración hacia los otros seres humanos.

Es un problema extremadamente simple, y como la mayoría de las cosas simples, su importancia ha sido pasada por alto por demasiada gente de su pueblo. Realmente la solución descansa en; una completa comprensión del problema. Para ayudarlo a Ud. a comprenderlo a fondo, me expresaré en los términos más simples posibles.

Toda civilización en el Universo, no importa dónde o cuando se haya originado, se desarrolla primeramente a través del continuo aumento del conocimiento y de la comprensión que resulta de la exitosa prosecución de la Ciencia.

(Donde puede leerse completo el libro El incidente de White Sands, de Daniel W. Fryhttps://danielfry.com/daniels-writings/white-sands-incident/in-spanish/)

………………………………………………………….

A continuación los hechos que acontecieron a Jaime Bordas Bley en su encuentro con un extraterrestre, narrado a la perfección en el libro ¿De veras los OVNIS nos vigilan? de Antonio Ribera.


El enigmático personaje del Canigó

Abandonemos ahora al misterioso Mothman de Virginia Occidental y pasemos a Europa, y concretamente a la región pirenaica del monte Canigó, para trabar conocimiento con un personaje de aspecto mucho más simpático y atractivo. En este caso, quien realizó personalmente la encuesta no fue John Keel, sino yo mismo, beneficiado por el hecho de conocer personalmente al principal testigo de este desconcertante caso: Jaime Bordas Bley. Mi amigo Bordas es por muchos conceptos un personaje extraordinario: ex meteorólogo, llegó a ser una de las primeras potencias de Andorra; regentaba en la época en que se sitúa este suceso (junio de 1951) un hotelito situado al pie del Canigó, en el pueblo de Casteill y un poco más arriba de la estación balnearia de Vernet-les-Bains. El nombre del hotelito era «Hostal de l´Isard» (Hostal del Rebeco).



Casteil, Francia
 En los comienzos del verano de 1951, Jaime descansaba en el patio del «Hostal de l´Isard», bajo la sombra de unos perales. Por la puerta de la terraza que daba al lado de la montaña y al valle del Cadí, hizo su aparición un individuo que se detuvo en la entrada.
-Bonjour -dijo cuadrándose mientras realizaba una leve inclinación con todo el cuerpo.
Jaime le devolvió el saludo maquinalmente, examinándolo con detenimiento.

El individuo en cuestión era alto, de 2 metros. Su andar era pausado y su voz había sonado en tono bajo pero de timbre claro, que sin ser excesivamente varonil no correspondía a su físico.
Lo que más atrajo su atención, además de su extraña voz y sus peculiares modales fue su aspecto y su manera de vestir. Llevaba unos pantalones ajustadísimos, a modo de unos leotardos en donde resaltaba toda la musculatura de los muslos, bajo aquel color indefinible, de tonos azules, petrolíferos y grisáceos. Las largas y perfectas piernas rememoraban las de una estatua griega, tal vez demasiado largas en proporción al resto del cuerpo. Calzaba unas botas de media caña, de una sola pieza, sin ojales, ceñidas, muy negras, confeccionadas con una especie de piel extraordinariamente mate. Llevaba el torso ceñido por un blusón en el que destacaba un bordón de un dedo de grueso en torno al cuello. El blusón era un poco holgado, sin ajustarse tanto como el pantalón pero marcando su figura. Le llegaba hasta la cintura, rematado por una tira -a modo de cinto estrecho- cerrado por contacto, al igual que la abertura central.

Es de notar que los cierres de contacto, tipo «Velcro», por ejemplo, aún no se habían inventado. La blusa también estaba cerrada por sendos bordones rodeándole las muñecas. Este detalle hizo que Jaime se fijase en las manos del «desconocido»: eran unas manos provistas de dedos finos, alargados, bellas, muy afeminadas, lisas, blancas sin vello ni venas destacadas. Pese a su estrecha cintura tenía el cuerpo atlético y era bastante ancho de hombros. Su conjunto era más bien fino, de una esbeltez notable y no aparentaba poseer ni un solo gramo de grasa.
En cuanto a su tez, era blanca, ligeramente sonrosada. Imberbe. Los cabellos de un rubio claro, cayéndole casi hasta los hombros -de una manera similar a la del famoso «venusiano» de Adamski-, provisto de amplias ondulaciones y vuelto ligeramente hacia el interior por abajo.

Su cara era alargada, provista de una boca perfectamente dibujada; más bien sensual que fría, con los labios ligeramente carnosos y bien formados. Al hablar mostraba una dentadura normal y sana. La nariz de trazo rectilíneo sin ser clásica, algo achatada en las aletas, pero por encima de ellas continuaba en punta. Poseía unos ojos muy grandes, almendrados, de un azul límpido, tan claro que su mirar daba la sensación de ser un tanto desvaído pero llenos de vitalidad. Eran unos ojos propios de una mujer bellísima, turbadores, casi insondables y provistos de una especie de magnética penetración.

Cuando el «desconocido» posaba su enigmática mirada sobre él, Jaime experimentaba la sensación de sentirse atravesado de parte a parte. No le era posible sostenerle la mirada ni fijar sus pupilas en las de aquellos ojos. Cada vez que lo intentaba sentíase intimidado a pesar de que el «desconocido» le contemplaba atento y respetuoso.
Las cejas eran finísimas, formando un trazo rubio bajo una frente enormemente espaciosa.
Hablaba sin gesticular. Su cara y sus manos no se movían. Sus brazos se apoyaban en la mesa, quietos también. Daba la impresión de que en él todo el cuerpo era pura voz surgiendo con el mismo diapasón: muy agradable, sin inflexiones, sin altos ni bajos, suave pero a la vez penetrante y clara. Usaba un francés «químicamente puro» sin que resaltase ningún acento regional determinado.

Montaña del Canigó
 Empleaba un vocabulario de elevada técnica; sin embargo, todo lo exponía con sencillez y claridad. Aparentaba tener de 30 a 35 años.
-Quisiera pedirle un favor.
-Siéntese-le invitó Jaime con amabilidad. El «desconocido» tomó asiento en una silla, a su lado.
Al tenerlo tan cerca observó que la tela de su vestido tenía una contextura especial, lisa, al parecer sin fibras, como de espuma.
-He venido a verle para pedirle -continuó el «desconocido»- un favor.
-Si está en mi mano...
-Espero de su amabilidad que me facilite cada día, a esta hora, un par de botellas de leche y pan.
-No me dedico a vender lo que solicita -replicó Jaime-. Esto es un restaurante.
-Lo sé-admitió el desconocido-, pero no puedo dirigirme a nadie más en este pueblo. Si no me vende lo que le pido me causará una extorsión.
-¿Y por qué una extorsión? -
-No tengo documentos ni dinero -aclaró-. Además, he de procurar que me vean paseando por los alrededores de su casa lo menos posible.

Jaime pensó que su misterioso interlocutor podía ser un perseguido o un fugitivo político.
Entretanto, el «desconocido» le miraba fijamente con un rostro que se iluminaba, pero sin llegar a sonreír. En realidad no le vio sonreír jamás, únicamente en determinados momentos se le aclaraba toda la faz. Diríase que sonreía interiormente, sin ningún signo externo, como si la vida física cediese a la interna, a la espiritual.
Jaime accedió a su petición.
-Muchas gracias-dijo su extraño visitante con aquella indefinible expresión.
-Mañana ya puede pasar a recoger el pan y la leche, que yo iré a buscar al pueblo.

El «Hostal de l'Isard» estaba enclavado en la misma entrada de la población.
De súbito, Jaime le preguntó:
-¿De dónde viene usted?
-De arriba.
-¿Está en Marialles o cerca del Coll de Jou?
-De arriba -repitió el «desconocido».
Jaime no quiso insistir. Hubiera deseado saber la identidad de aquel raro personaje pero se contuvo. Un cuarto de hora antes de que éste se fuese le hizo prometer que sería muy discreto y no revelaría a nadie su presencia, quedando en volver al día siguiente a la misma hora.

En efecto, a la hora concertada volvió a comparecen, hizo la misma clase de salutación que el día anterior y fue a sentarse directamente al lado de Jaime.
-Me gustaría saber qué es lo que hace usted por esta región-dijo Jaime procurando no dar demasiada importancia a sus palabras.
-He venido con una misión científica -le respondió-. Más adelante le diré de qué se trata.
-¿Es usted un científico?
El «desconocido» asintió con la cabeza.
-¿Por qué rama de la Ciencia se interesa?
-Por muchas -contestó, preguntando a su vez-. ¿Usted también se interesa por la Ciencia?
-Sí. Bastante.
-Pues sepa usted que esta región es muy interesante para la Ciencia. El macizo del Canigó es riquísimo en mineral, pero además tiene otras cosas que usted no podría comprender nunca.


Le hablaba benévolamente, como si tratase con un niño de diez o doce años. Le exponía las cosas con claridad y sin el menor asomo de suficiencia o pedantería. En el tono que empleaba no existía el menor atisbo de orgullo o petulancia. Se limitaba a hablarle del Canigó. Entre otras cosas le dijo que era una montaña de hierro, magnética. Acaso esta inesperada información explicase los frecuentes accidentes de aviación que se han ido registrando y cuyo historial desde 1945, comprende una trágica lista de once catástrofes de aviación, con un total de 229 muertos. Posiblemente los compases de los aviones fueron desviados por la fuerza magnética de la montaña.

Al tercer día, extrañado ante las escasas necesidades que demostraba tener el individuo, le preguntó:
-¿No quiere que le traiga otra cosa del pueblo?
-Ya tengo suficiente-repuso con su habitual tono de voz.
-Me es usted muy simpático -insistió tratando de romper aquella especie de hielo que les separaba-. Si le hace falta algo más sólo tiene que decírmelo.
-No necesito absolutamente nada más -atajó el visitante. Tras una pequeña pausa continuó-: Yo me alimento únicamente de pan y leche.
Esta declaración no le sorprendió demasiado. Jaime había sido vegetariano durante muchos años, por lo que este tipo de alimentación, un tanto sobria, la atribuyó a una cuestión puramente dietética.
«Acaso esté enfermo», pensó para sí.

Con singular naturalidad, el «desconocido» empezó a desarrollar temas más profundos, de un curioso carácter social.
-El Régimen francés es retrógrado-díjole entre otras cosas y agregando a continuación-.Desde luego, el planeta en que nos encontramos está compuesto por una sociedad dislocada. Todo en vías de arreglo, pero aún no hay nada que se sostenga.
Por sus palabras y por los conceptos que vertía -que a veces sólo entendía confusamente- le pareció un auténtico comunista.


Este concepto Ideológico que había formado del «desconocido» se reafirmó al oírle decir:
-Existe un país que tan sólo es un embrión de lo que será el mundo del futuro. Pero sólo es un embrión.
Jaime le escuchaba cada vez más interesado.
-Es preciso desarraigar el egoísmo del hombre, totalmente. Ustedes creen que es algo congénito, pero no, no lo es. Aunque la tarea de su expulsión será muy dura.

Hizo una pausa. Daba la impresión de que sus palabras surgían por todas las partes de su cuerpo provocando una especie de fascinación a la que no podía sustraerse.
-El hombre se considera solo en la Tierra y no sabe que no es más que uno de los elementos de la evolución. Con todo su desmesurado orgullo, con toda su pretendida sabiduría, ignora que en el planeta Tierra existe un animal, hoy en proceso evolutivo, que andando el tiempo le sustituirá. Actualmente no puede sospechar que ya se está preparando algo que le superará.
-Me gustaría saber qué clase de animal o...
La intensa y fija mirada del «desconocido» cortó su pregunta. Cada vez más cohibido se vio obligado a apartar la mirada de él.


Y de nuevo, sin saber cómo, se entabló la conversación. Uno de los temas en que insistió muchísimo fue el de las fuerzas ocultas que ahora el hombre cree dominar.
-Al hombre se le han dado muchas atribuciones para dominar gran cantidad de fuerzas extraordinarias, pero él no lo sabe. Y si hace mal uso de ellas, únicamente conseguirá la precipitación de su propio holocausto y la aparición de esta cosa que vendrá después. El hombre ha de esperar. Tiene que saber esperar a darle tiempo al tiempo, sin quemar estérilmente las etapas. Solamente entonces será posible que, el hombre actual, llegue a enlazar con esta cosa futura.
Cada vez se hallaba más convencido de que su misterioso visitante era un ruso. Esta opinión la compartían los escasos habitantes de Castell que habían visto a aquel étre bizarre (ser extraño), como lo clasificaban en su patois del Rosellón. Sobre todo al oírle decir:
-Nosotros podemos evitar el cataclismo que las potencias capitalistas pueden provocar.
En otro retazo de las conversaciones que sostenían afirmó:
-Sus hijos verán el final de las religiones. Al menos tal como están estructuradas en la actualidad.



Hablando de la generación de la posguerra y de la rebelión de los hijos, expresó:
-Las revoluciones sólo vendrán de las juventudes. -Con sus pensamientos lisamente expuestos semejaba prever una verdadera mutación de la juventud.
El «desconocido» ya llevaba cuatro o cinco días en Castell, y pese a sus precauciones, se había convertido en la comidilla de sus habitantes.
Una mañana, estando ambos sentados en el patio, salió el hijo de Jaime, llamado como él y llevando entre sus manos una máquina fotográfica.
-Papá, os haré una foto.
Pero el «desconocido» mirándole con fijeza, rechazó diciendo con tajante acento:
-No. No, gracias.
Ante la insistencia del muchacho su rostro se alteró por primera vez tomando una expresión muy rara. Al fin accedió diciendo:
-Bien, hágala. De todos modos es inútil. No vale la pena.
Jaime les hizo no una, sino dos fotografías.
Al revelar el carrete, transcurridos unos días, cuando ya el «desconocido »se había despedido de Jaime, los dos fotogramas correspondientes a aquel par de exposiciones aparecieron en blanco. La película aparecía completamente transparente, sin señales de emulsión. Los otros seis fotogramas de la misma película, tamaño 6 x 9, salieron bien, mostrando escenas familiares.
El hecho continúa tan inexplicable ahora como cuando tuvo lugar.
El día de las fotografías el «desconocido» insistía en un tema, que sin lugar a dudas, le era muy caro: el de la perversidad del hombre que, según él, tocaba ya a su fin.

Transcurridos unos días, Jaime, sin poder dominar por más tiempo su creciente curiosidad decidió seguir los pasos del «desconocido» sin que éste se diese cuenta. Al abandonar el «Hostal de de l'Isard» comenzó a seguirle con la mayor discreción posible. Después de traspasar el puente del río Cadí volvió a subir hacia el Coil de Jou. Con no poca sorpresa pudo comprobar que el «desconocido» subía sin esfuerzo alguno, como si la cuesta descendiese en forma suave en lugar de ascender empinadamente. Tan regular y elástico era su paso. «Subía como una pluma... »
Manteniendo siempre la misma distancia le vio llegar hasta la parte superior de la cuesta. Allí, entre la espesura del bosque, le esperaba un ser de apariencia y traje iguales a los del «desconocido», aunque un poco más bajo de estatura. Tuvo la impresión de que se trataba de una mujer.
Los dos seres, sin saludarse, continuaron ascendiendo por el monte, introduciéndose en un bosquecillo. Jaime se vio obligado a seguirles por las alturas, ocultándose entre las matas, procurando no perderles de vista ni un solo instante.


El «desconocido» y su idéntico acompañante se detuvieron en un pequeño claro del bosque. En el centro del mismo, en una especie de calvero divisé algo que tenía toda la apariencia de una tienda baja, no cuadrada, sino ovalada o circular, con la parte central más elevada. Su color era como «gris metálico». Por más que se esforzó no pudo ver toda la superficie de la supuesta tienda de la que le separaba una distancia de unos 200 metros aproximadamente.

Montañero experimentado, quedose estupefacto ante aquel tipo de tienda. Caso de serlo, pertenecía a un género de confección muy rara en la época, utilizado sólo por las expediciones del Himalaya y en las misiones polares de Paul Émile Victor.
Los dos misteriosos personajes comenzaron a pasear alrededor de la tienda. Jaime no quiso ser inoportuno e indiscreto y decidió retirarse. Pero su curiosidad no quedaba satisfecha. Lo primero que hizo cuando el desconocido volvió de nuevo al Hostal, con su acostumbrada puntualidad, fue lanzarle de sopetón la siguiente pregunta:
-Pero, ¿qué hace exactamente usted aquí?


El desconocido adopté su postura acostumbrada, mirándole sin despegar los labios.
-¿Cómo se llama usted? -insistió con idéntico resultado.
Conformado pero no satisfecho por la imperturbable postura del «desconocido» desistió de hacerle más preguntas por el momento. Era casi seguro que estaba allí clandestinamente.
Poco a poco volvió a entablarse la conversación, versando como siempre sobre los temas sociales.
De pronto el «desconocido» lanzó su pregunta:
-Y usted, ¿qué hace socialmente?
-Pues yo no pertenezco a ningún partido político-repuso Jaime-, pero soy muy avanzado socialmente.
-Tiene la obligación de desplegar más actividad social. No hace lo bastante en este terreno, porque usted, con las aptitudes que tiene, está obligado a una actividad social de acuerdo con sus impulsos interiores.

Por unos momentos, Jaime quedó como en suspenso. ¿Cómo podía saber el «desconocido» las condiciones que concurrían en él? ¿Qué sabía de su vida, tanto anímica como física? Reaccionando tardíamente replicó:
-Yo no tengo su capacidad. ¿No se da cuenta de que a veces no puedo seguir el hilo de sus pensamientos ni los entiendo?
A partir de aquel instante, el «desconocido» se esforzaba por hacerse entender, explicándole las cosas hasta lograr que las comprendiera. El comentario entonces era muy singular. Decía simplemente:
-Bon, enregistré. (Bien, registrado.)
Empleaba a menudo un lenguaje muy técnico, tal como lo haría un profesor de física, utilizando símbolos matemáticos que escapaban a su comprensión.


Como era de esperar, la curiosidad de los habitantes del poblado no podía permanecer sin manifestarse.
Jean Pi, cultivador de manzanas, le interpeló en cuanto tuvo ocasión.
-¿Quién es ese ser tan raro que te va a visitar?-.Ante el silencio de Jaime, un poco molesto continué: El otro día estaba yo en el manzanar y al verle le grité: « ¿Eh, dónde va usted?» No me hizo caso. Yo insistí: « ¿Eh, es que no oye?» Entonces se volvió mirándome de tal manera que me intimidé. Tienes que saber, amigo, que es un ser muy raro. El caso es que ya no pude decirle ni media palabra más.
Pocos días después, hallándose en el pueblo, el padre de M. Nou, que ostentaba el cargo de alcalde del lugar, le preguntó:
-¿Quién es ese ser tan raro que le visita? El otro día le saludé pero ni siquiera me contestó. Creyendo que era extranjero y no me entendía le dije por medio de gestos: « ¿Y los papeles?» Me miró tan fijamente, con tal intensidad, que creí haberle ofendido y me sentí muy intimidado. Por un momento tuve la sensación de que me tapaban la boca con una mordaza. No pude decir ni palabra. ¿Quién es este individuo? ¿Le conoce usted?
-Puede estar tranquilo -respondió Jaime-. Es un buen amigo y una excelente persona. Desde luego es extranjero y ha venido de muy lejos para hacerme una visita. Yo respondo por él Pero por favor, no diga nada a la Gendarmería. No es que pueda ocurrir nada, pero sería enojoso.
- ¡Ah, bueno, así está bien!

Jaime Bordas cada día estaba más intrigado. Habían transcurrido diez días desde la primera visita del desconocido, que se presentaba invariablemente a la misma hora, para efectuar una breve inclinación corporal y sentarse luego a charlar, unas veces a la sombra de los árboles, en el patio o en el comedor del Hostal. Ni una sola vez quiso entrar en el bar. Después recogía su pan y su leche marchándose con su característico caminar.
Aquel ser representaba un enigma. A menudo se había forjado diferentes hipótesis, que no tardaba en desechar, quedando sumido en un caos de agitadas confusiones. En su mente quedaban agitándose una infinidad de preguntas a las que no podía dar una respuesta lógica.
¿De dónde había surgido? ¿Cuál era su origen? ¿Se trataba de un hombre fuera de «serie nacido en algún nórdico lugar? ¿Se trataba de un miembro perteneciente al clandestino movimiento de la Resistencia o de un espía soviético? ¿Qué misión u objeto tenía que llevar a cabo en aquellos solitarios aledaños?

En cuanto le vio aparecer fue a su encuentro. Sin poder dominar sus impulsos le preguntó casi a boca de jarro:
-Oiga, ¿qué es lo que hace usted por ahí arriba?
El le dirigió una, de sus extrañas miradas sin que sus labios se despegaran para emitir sonido alguno.
Jaime insistió:
-Tenga en cuenta que yo he respondido por usted. De sus acciones depende mi prestigio y tal vez mi seguridad.
La cara del «desconocido» pareció iluminarse con una extraña claridad y sus frías pupilas relumbraron por unos segundos, pero persistió en su silencio.
-Supongo que no se pasará todo el día sin hacer nada -continuó Jaime-. ¿No puede decirme qué clase de misión le ha traído por aquí?


Los labios del «desconocido» apenas si dieron sensación de que se movían. Y por primera vez contestó conciso a sus insistentes preguntas.
-Estoy haciendo el mapa topográfico del Canigó.
-Es un trabajo innecesario -replicó Jaime-. Ya existe el plano directo de la carta de Estado Mayor. Yo podría procurárselo con facilidad. Cualquier librería de Perpiñán lo tiene.
-Ya lo he visto. No me sirve.
De repente, sin saber por qué, a Jaime le llamó la atención la clara tonalidad del rostro del «desconocido». Pensó, con lógica, que éra imposible que, al cabo de diez días efectuando escaladas por aquellos riscos, pudiera conservar la tez tan fresca y sonrosada como la de una doncella., El sol de la alta montaña quema intensamente. Bastaba ascender al Canigó (2.785 re), al pico Barbet (2.750 m), al pico de Tres Vents (2.700 m), al pico de Roja (2.600 m), para acusar los efectos de la insolación.
-¿Cómo es posible que conserve la cara tan blanca si se pasa todo el día en lo más alto de los picos?-objetó-. ¿Acaso se pone un velo o una gasa? Jaime esperó sutilmente una contestación El «desconocido» volvió a adoptar su típica actitud silenciosa, mientras semejaba envolverle con la aguda mirada que surgía del fondo de sus ojos. Llegó a pensar que la palabra no, que nunca había empleado, no existía en su vocabulario.
-¿Terminará pronto este.., trabajo?
-Sí, dentro de unos dos o tres días lo habré concluido.
-¿Me lo enseñará? Me gustaría verlo.


La sombra de una sonrisa pareció esbozarse fugazmente. Dio media vuelta y emprendió el camino hacia las alturas. Un día antes de su partida el «desconocido» realizó su habitual aparición. Esta vez llevaba algo en la mano: un tubo de aspecto metálico y de cuyo interior extrajo un mapa que extendió sobre la mesa. Era un plano cartográfico, limpiamente ejecutado, con las cotas, las curvas de nivel perfectamente trazadas, reproduciendo con inusitada fidelidad todo el macizo del Canigó. El tipo de papel empleado daba la sensación de un pergamino muy suave, sin pliegues y no crujía al ser manejado. Reconoció con harta facilidad el trazado que aparecía ante sus ojos sin ninguna clase de letras ni números; únicamente se distinguían unos símbolos indescifrables. Uno de ellos era una especie de media luna en las curvas de nivel. La tinta empleada era negra y las altitudes no estaban señaladas con cifras arábigas. La topografía era perfecta.

Cuando Jaime hubo saciado su curiosidad, el «desconocido», doblando el sorprendente mapa, volvió a guardarlo, no en el tubo, sino en una especie de carpeta provista de tapas metálicas, que como es de suponer había traído consigo, pero que de pronto, había pasado desapercibida a la atención de Jaime. En el interior de la carpeta había otros documentos, así como en el tubo.
La labor topográfica para levantar aquel plano con sus detalladas curvas de nivel, hubiera requerido el esfuerzo continuado de un equipo de topógrafos del Ejército durante dos meses, cuando menos. Sin embargo, aquel misterioso ser lo había llevado a cabo -solo o con la ayuda de su no menos enigmático compañero- en quince días es casos... Y al parecer sin más alimento que pan y leche.
El hecho en sí era algo desconcertante e incomprensible. Un misterio más que añadir a los que rodeaban al «desconocido».

Aunque las sorpresas de Jaime no habían terminado.
El fantástico topógrafo le dijo:
-Mañana no me traiga ya más leche. No le podré pagar.
-No importa -repuso, comprendiendo que aquello significaba una despedida-. Lo que he aprendido de usted durante estos quince días, vale mucho más que el pan y la leche que le he proporcionado.
-No le podré pagar con dinero -continuó el «desconocido»- porque no lo tengo, pero le daré al que para ustedes tiene mucho más valor. -Y le tendió un pequeño paquete que llevaba en la mano.
Jaime no había observado nunca que el traje del «desconocido» tuviese bolsillos. Otro detalle que de repente le asaltó fue que realmente pese a que le había tratado siempre como a un hombre, en realidad no lo podía asegurar, pues su conformación de cintura para abajo no daba señales de atributos masculinos, sino que presentaba una superficie lisa, mórbida.


Al abrir el paquete vio que contenía unas cuantas piedras.
-Tómelas -le dijo el «desconocido»-. Son pepitas de oro.
-¿De dónde las ha sacado?
-Del río Cadí. Es aurífero -contestó-. Yo puedo encontrar tantas como quiera.
Jaime no dudó ni por un momento de su afirmación. Estaba acostumbrado a confiar completamente en su palabra. Siempre había tenido la impresión de que aquel «desconocido» no podía mentir.
-Gracias. Buen viaje. ¿Por dónde se irá? ¿Pasará por Vernet? Se lo pregunto con la intención de acompañarle con mi coche hasta Vilafranca del Conflent, donde puede tomar el tren. Piense que no tiene documentos que acrediten su personalidad,
El desconocido se limitó a decir.
-Por arriba.
Mientras se alejaba hacia donde tenía instalado el campamento, Jaime pensó que se iría por la alta montaña. No cabía otra explicación. Sólo ahora, transcurridos bastantes años, cree que aquel «arriba» pudiese significar algo más.

Aunque de momento, bajo la influencia de la poderosa personalidad del «desconocido», le creyó cuando le dijo que aquellos pedruscos redondeados que parecían unos vulgares cantos o guijos eran pepitas auríferas, después empezó a dudar. Hasta que por fin se decidió a llevarlos a Perpiñán con el objeto de mostrárselo a sus amigos, los hermanos Ducommun. ¡Cuál no sería su sorpresa ante el entusiasmo desbordado que le mostraron los joyeros al asegurarle que aquello era oro purísimo!
-¿Dónde los has encontrado? -le preguntaron con avidez-. ¿Quieres que nos asociemos para explotar este placer?
Jaime no quiso revelar su procedencia, cosa que molesté en extremo a los joyeros.
El «desconocido» había pagado con la magnificencia de un rey los alimentos que le proporcionó. El valor de las pepitas era muy superior al de los modestos víveres que había consumido: más de 50.000 francos.

Con este golpe de efecto terminó el hasta hoy inexplicable episodio de Castell a los pies del Canigó. La confirmación del encuentro con un personaje extraterrestre sería el mejor documento que existe y el de mayor duración. Los supuestos contactos de Adamski, Cedric Allingham, Truman Bethurum, Siragusa, Daniel Fry y algunos otros, no poseen pruebas tan corroborables como el de Castell, ya que en ellos todo depende de lo que cuenta el contacto. En el caso del Canigó no se registra la presencia de una «astronave», un «disco» o cualquier otro tipo de vehículo espacial. La presencia de la tienda da pábulo a muchas suposiciones. ¿Se trataba de un medio de transporte discoidal, aplanado y de color gris metálico, lo que Jaime tomó por una tienda último modelo?

Es muy significativa la observación aportada por  el eminente y estudioso francés Jacques Vallée, doctor en Matemáticas, asesor de la NASA en el mapa de Marte, especialista en máquinas calculadoras «IBM» y uno de los mayores expertos del mundo en «objetos no identificados», tema sobre el que ha publicado varías obras en inglés. En su lista de doscientos casos de aterrizajes de OVNIS y en el que lleva el número 55 y la fecha 4 de octubre de 1954, dice, que un niño de diez años, llamado Bartiaux, vio un objeto «en forma de tienda» que había aterrizado cerca de Viliersle-Tilleul (Ardenas). A su lado se hallaba de pie un individuo desconocido.
Pero en este caso se cuenta con el testimonio de casi todos los habitantes de una población. En mayo de 1967, en Castell, existían varias personas que habían conocido a Jaime cuando éste regentaba el «Hostal de L'lsard». Entre ellas Michel Cases, propietario del hotel-restaurante «Le Catalan».

El macizo del Canigó es perfectamente conocido desde el punto de vista geológico, pero la verdad es que los aviones que lo sobrevuelan sufren extrañas perturbaciones magnéticas en sus aparatos de navegación Algo o alguien perturba los compases y los radiogomómetros de los aviones en las inmediaciones del misterioso y poético macizo que en un mapa de Europa ocupa un espacio menor que una antigua moneda de cinco céntimos, Sin embargo, este pequeño círculo constituye EL MAYOR CEMENTERIO DE AVIONES DE EUROPA (1).

El vuelo 19. El 5 de diciembre de 1945 desaparecieron en el Triangulo de las Bermudas cinco aviones torpederos Avenger TMB-3 pertenecientes a las Fuerzas Aéreas norteamericanas sin dejar rastro. Éstos estaban realizando unas practicas cuando se les perdió la pista. Se trata del caso mas conocido y analizado de todos. El avión que enviaron inmediatamente en busca de los desaparecidos también se perdió en mitad del mar.

La conclusión de cada una de las encuestas efectuadas fue siempre la misma: error de navegación. Pero, ¿cuál es la razón natural, conocida y comprobada que hace que tantos pilotos experimentados, guiados por una completísima red de radiofaros desde tierra, cometan siempre el mismo error y en el mismo lugar?
Los técnicos responden que se trata de una desdichada coincidencia. El cálculo más elemental de probabilidades nos dice que ya no puede hablarse de «coincidencias» en el caso del Canigó. Caso que recuerda el «triángulo mortal de las Bermudas», misteriosa zona triangular que existe en el mar, a la altura de la península de la Florida, y, donde se han «esfumado» misteriosamente docenas de barcos y aviones, en pleno día y con calma chicha.
¿Existirán acaso en nuestro planeta centros de perturbación magnética capaces de «volver locos» los instrumentos de navegación aérea y marítima? De ser así, ¿cuál es la causa? ¿Tendrá relación con esto el secretísimo Proyect Magnet de la Aviación americana consistente en varias superfortalezas volantes y equipadas con perfectos magnetómetros? Y por último, ¿qué relación tiene -si la tuvo- el «desconocido» de Castell con estos trágicos y osos sucesos?

Sea como fuere, es de notar que, por causa verdaderamente incomprensible, el extraño episodio de Castell se borré, al poco tiempo, de la mente de Jaime, sufriendo una amnesia total-temporal que ha durado durante unos diez años. ¿Fue un bloqueo psicológico impuesto de «arriba»? El enigma subsiste y posiblemente aún nos hallemos muy lejos de su solución.
Sin embargo, el «desconocido» predijo a Jaime que su vida cambiaría radicalmente y que sería objeto de shocks muy violentos.
Los hechos posteriores parecen confirmar esta predicción. Efectivamente en el verano de 1971, hallándose Jaime en su magnífico chalet de Andorra y en compañía de Odile, su esposa parisiense que conoció poco después de los hechos antes reseñados, recibió una misteriosa llamada telefónica desde París. La voz era la misma que había oído en 1951 en Castell, la del «personaje misterioso», que le dijo:
-«Te hablo desde un automóvil, en el Bosque de Vincennes. Experimentarás una nueva mutación. Cesarás de envejecer, y tu mente se abrirá a verdades más amplias.»

En 1967, Rafael Farriols y yo nos personamos en Casteil para efectuar una detallada investigación in situ. Entrevistamos a varias personas que aún recordaban a Jaime Bordas y al etre bizarre que iba a buscarle pan y leche; es decir, el «extraño ser» de nuestra historia. Entre estos testigos se contaban el ya citado Michel Cases, M. Nou, antiguo alcalde del pueblo, Jean Pi, cultivador de árboles frutales, y otros. Bordas me había confiado, como se recordará, el nombre de los joyeros que adquirieron las pepitas de oro que le entregó el desconocido: los hermanos Ducommun. Por una afortunada casualidad, uno de ellos, Henri, era a la sazón Vicepresidente de la Federación Francesa de Estudios y Deportes Submarinos. Al ser yo uno de los pioneros del buceo autónomo en España, autor de varias obras sobre la materia, amigo personal del comandante Cousteau y de otras personalidades del mundo submarino, tenía ya garantizado un buen recibimiento por parte de dicho joyero quien, según pude luego comprobar, conocía en efecto mi nombre.

Castillet, Perpiñán (Francia)
La joyería de DUCOMMUN FRÉRES se encuentra en uno de los lugares más céntricos de Perpiñán: en la misma plaza que se abre al pie del Castillet.  Henri Ducommun me recibió amablemente, yo le presenté a Farriols y acto seguido le expuse el motivo de nuestra visita, después de hacer unos breves comentarios sobre el buceo y hablarme él de un compresor para la carga de botellas que se había hecho instalar en Rosas.
-En efecto, me acuerdo perfectamente de Jacques Bordas -me dijo-.. Era un guía de montaña que entonces regentaba un hotel de montaña en Castell. Era un hombre fuerte, simpático y de trato muy agradable.
-¿Recuerda usted si alguna vez le trajo pepitas de oro para vender?
-Pues sí -respondió Henri Ducomniun-, creo que fue hacia el año 50 ó 51, no recuerdo bien. Como ustedes saben -agregó.-, la cuenca del río Cadi es aurífera, pero nunca nadie había traído pepitas de aquella calidad.
Confirmado este último extremo, que parecía corroborar la veracidad de la extraña historia, Farriols y yo reemprendimos el regreso a Barcelona, en el «Monis 1100» de mi amigo, mientras en nuestro interior se alzaba este interrogante:
¿SERIA EL DESCONOCIDO DEL CANIGÓ UNO DE LOS PRIMEROS HOMBRES DE UMMO LLEGADOS A LA TIERRA?

Las fechas concordaban: mamo de 1950; junio de 1951. Poco más de un año después...El interrogante sigue en pie.

domingo, 24 de enero de 2016

Alerta, el OVNI ha sufrido una AVERÍA: Lo intentaron una vez más y casi lo lograron pues faltaba una pulgada o pulgada y media para que ajustase. Se les veía exasperados, ansiosos por arreglarlo sin conseguirlo. Desenroscaron de nuevo la pieza y trabajaron en ella unos tres minutos. El que debía ser el jefe, que estaba a la izquierda, se dirigió a ellos con unos ademanes que parecían decir: “Tomadlo con calma, lo intentaremos una vez más, trataremos de ajustarlo correctamente y hacerlo funcionar”.

Alerta, el OVNI ha sufrido una AVERÍA: Lo intentaron una vez más y casi lo lograron pues faltaba una pulgada o pulgada y media para que ajustase. Se les veía exasperados, ansiosos por arreglarlo sin conseguirlo. Desenroscaron de nuevo la pieza y trabajaron en ella unos tres minutos. El que debía ser el jefe, que estaba a la izquierda, se dirigió a ellos con unos ademanes que parecían decir: “Tomadlo con calma, lo intentaremos una vez más, trataremos de ajustarlo correctamente y  hacerlo funcionar”.



¿Pueden averiarse los OVNIs? Evidentemente, sí, debido principalmente a que no dejan de ser maquinas susceptibles de tener fallos, aunque su tecnología vaya miles de años por delante de la nuestra. Aunque no son muchos los casos reportados, hay algunos que pueden darnos una idea aproximada de este hecho. Dentro de todos ellos podríamos englobar a la explosión ocurrida sobre el rio Podkamennaya, en Tunguska, Siberia, el 30 de Junio de 1908.



Si hiciésemos caso de la versión oficial diríamos que aquella explosión similar a un estallido termonuclear fue un cometa formado por hielo y que por ello no quedo ningún rastro de cráter; sin embargo existen testimonios de habitantes de aldeas próximas que dijeron haber visto un objeto cilíndrico muy grande volar de forma “errática” justamente en dirección hacia el lugar de la explosión, muy posiblemente generada por antimateria (Según explicó el físico Bob Lazar, que trabajó en el S4 del Área 51 en proyectos ultrasecretos de tecnología inversa, un componente de los “motores de los OVNIs” son generadores eléctricos mediante antimateria que alimentan a su vez generadores de antigravedad; los cuales producen una onda afásica necesaria para el vuelo y sustentación de las naves).


(Más información sobre tecnología extraterrestre en: http://elmensajedeotrosmundos.blogspot.com.es/2013/02/tecnologia-extraterrestre.html 

Existen también referencias de naves extraterrestres averiadas en el pasado remoto hace 12.000 años cerca del Tibet. Según se deduce de leyendas de habitantes en la región, una nave en apuros tuvo que aterrizar y fue incapaz de elevarse nuevamente. Sus tripulantes, unos seres macrocéfalos de pequeña estatura habrían sido precisamente quienes hicieron los muy nombrados discos Dropa. (Al parecer estos discos desaparecieron en algún lugar de China debido a la burocracia o motivos por ahora desconocidos)

Según explicaba Robert Dean, ex –Sargento Mayor de la Armada en el Alto Mando de la NATO en Bruselas, este llegó a tener acceso a documentación confidencial clasificada sobre la presencia extraterrestre en la Tierra y según leyó en “La evaluación” (el informe recopilación sobre los extraterrestres) nuestro planeta estaría siendo visitado actualmente por al menos 70 razas diferentes. Esto quiere decir, más bien, podríamos deducir, que no todas ellas poseerán el mismo desarrollo tecnológico. Seguramente en su conjunto, habrán alcanzado unos “mínimos” para los viajes interestelares, es decir, que son capaces de producir la antigravedad así como contrarrestar los efectos negativos de la relatividad. Debido a esa inevitable distancia tecnológica, tal vez “algunos de ellos estén viajando en astronaves utilitarias y otros en ferraris galácticos… y su tecnología no es infalible” Por ejemplo, cuando hablamos del estrellamiento de un OVNI en Roswell, Nuevo México, en el año 1947,  parece ser que EE.UU. se encontraría realizando por aquel entonces pruebas de algún tipo de radar muy potente capaz de desestabilizar naves extraterrestres y provocarles averías de tal gravedad que provocasen un estrellamiento.

En esta ocasión he traído algunos incidentes de naves extraterrestres averiadas, por ejemplo el ocurrido en el cráter de Ngorongoro, Tanzania que fue observado por algunos miembros de la tribu massai y que ocurrió de este modo:


OVNI AVERIADO NGORONGORO ES ASISTIDO POR OTRO MÁS GRANDE EN EL CRÁTER

Un OVNI sufrió una avería en Tanzania y tuvo que aterrizar en el cráter de Ngorongoro


Gran reserva de animales en el cráter de Ngorongoro
Varios miembros de la tribu de los Massai que se dedicaban a cuidar de su ganado en la región norte de Tanzania en África Oriental en las proximidades del cráter Ngorongoro observaron atónitos cómo un platillo volante volaba de forma extraña dando bandazos hasta realizar un aterrizaje brusco en el cráter de Ngorongoro. Rebaños de cebras, búfalos y jirafas salieron en desbandada provocando una estampida enorme. Los Massai, guerreros donde los haya y que no tienen miedo a nada cuya dieta se basa en beber sangre y leche de vaca y comer miel se acercaron hasta una distancia prudencial según testimonio de uno de ellos Adewale Ajbayenuove contado a unos miembros de un grupo de filmación de vida salvaje.

“El platillo estaba echando humo en la parte norte del cráter. Salieron unos tipos como de 1 metro y medio, parecían muñecos, estuvieron revisando alrededor del platillo. Cuando nos íbamos a acercar más para ver si les faltaba gasolina o algo una especie de tela que no se veía nos impedía avanzar. Lancé mi lanza fuertemente y quedó atrapada, rebotó y cayó allí mismo. Decidimos quedarnos viendo lo que pasaba y al cabo de un rato, no mucho, un platillo más grande sin hacer ruido apareció y se puso encima del otro averiado. Los enanos blancos se metieron en la nave. Un gran rayo de luz iluminó el platillo del suelo y lo atrajo hasta la panza del otro más grande y como si fuera una leona llevando a su cachorro. Se elevaron en el cielo y desaparecieron. Después ya pudimos acercarnos al sitio del accidente. Eso pasó en Octubre pasado. Las grandes lluvias borraron los rastros.”


Adewale Ajbayenuove mirando hacia la zona del accidente OVNI
Miembros guardas encargados de la vigilancia del Arusha National Park informaron de haber visto un objeto sobrevolando la zona en esas fechas. Aunque no les extrañó porque son habituales los vuelos de naves que no hacen ruido. Múltiples veces parecen aterrizar en el Kilimanjaro, indicó uno de los guardas de la reserva.



..........................................................

 Según los datos reportados en el incidente de Tanzania, es habitual que, cuando se avería un platillo volante acuda otra nave en su auxilio, igual a  como ocurrió con un OVNI en apuros que se desestabilizó en pleno vuelo sobre Haiwatha:

OVNI averiado en HAIWATHA

FECHA: 3 de septiembre de 1955
LUGAR: Haiwatha (Iowa), EE.UU.


Estados Unidos: otro ovni en apuros

No es la primera vez que ocurre. Como ya hemos visto en 1952, también los ovnis sufren "averías". O, por lo menos, se les ve en apuros... Éste es el caso del disco visto por nueve personas en Hiawatha (Iowa, Estados Unidos) el 3 de septiembre de 1955. Según los testigos, el objeto fue visto en "apuros", y como si cayera de un lado a otro. De pronto, las nueve personas vieron un segundo ovni que se situó ál costado del objeto "averiado". Este segundo ovni permaneció junto al primero, hasta que éste dejó de agitarse y pudo estabilizarse.

Sam Stochl, fotógrafo y comisionado por el Mayor Fay Clark para tomar fotografías aéreas de Hiawatha en ese día, no supo que había captado una imagen con los dos discos hasta que reveló el film. Según Clark, "el avión volaba en esos momentos a unos 1200 pies (alrededor de 400 metros) y, por cálculos de triangulación, pudo averiguarse también que los objetos tenían unos 33 pies (10 metros) de diámetro, encontrándose quizá a unos 800 pies (250 metros) de altitud".


.....................................................................

En algunos casos, cuando estas naves extraterrestres sufren una avería, sus tripulantes se afanan en repararla con celeridad, tal vez porque los extraterrestres identifican a nuestro planeta como un lugar hostil; quizás porque si fuesen localizados por los terrestres en un momento de debilidad serían tal vez atacados por cazas de guerra, ya que algunas Agencias gubernamentales ambicionan esa tecnología prodigiosa. Analizando lo ocurrido en el siguiente ejemplo de OVNI averiado me llamó la atención algunas reacciones de las tripulantes muy parecidas a los seres humanos cuando están en dificultades. Nerviosismo y preocupación cuando las cosas no salen demasiado bien… Todo ocurrió en New Berlin, en una región rural de USA y recogido en la ya desaparecida revista STENDEK:



De la revista STENDEK, nº 28 Año 1977

INFORME SOBRE REPARACIÓN DE UN OVNI
25 noviembre de 1969
New Berlín (Nueva York, USA)
Investigador Ted Bloecher y Everett Brazie
INTRODUCCIÓN (Por Ted Bloecher)

El 2 de Junio de 1973 me puse en contacto por teléfono con la testigo principal, la Sra. Marianne H., manifestando mi interés en obtener un Informe de primera mano sobre su aventura; como pareció convencida de mi seriedad al respecto, me proporcionó amplios detalles sobre el incidente.
Este reportaje lo he realizado basándome en una serie de notas y en una entrevista de tres horas de duración, grabada en cinta magnetofónica. En dicha entrevista Marianne describe el aterrizaje de dos objetos en la falda de una colina cercana y su observación de la reparación durante cuatro horas, de uno de ellos por parte de ambas tripulaciones, unos doce "hombres" en total.
Se obtuvo, además, más amplia información a través de una serie de preguntas específicas formuladas a las testigos, después de nuestra entrevista del 10 de Junio, Todo ello va incluido en nuestro reportaje.


El lugar del incidente se encuentra a una milla más o menos de New Berlín, en la carretera nº 8, justamente al NO de un área conocida como " Five Corners" latitud 4200 39", longitud 7500 20", El aterrizaje de los OVNI tuvo lugar en la cima de una colina, a unos 4.200 pies al NO de la localidad donde estaban las testigos.

Fue un miércoles 24 de Noviembre de 1964. Marianne está completamente segura de la fecha ya que en 1964 se cumplió su primer aniversario de matrimonio y el 24 de Noviembre es el de bodas de sus padres. El suceso ocurrió en la madrugada del día siguiente, entre las 0,45 y las 4 ,55 aproximadamente.
Además de Marianne, que tenía por entonces 20 años, hubo otro testigo, su madre política, de profesión maestra; ambas se encontraban en casa de esta última, Marianne creció en las cercanías de New Berlín y desde 1962 a 1964 estudió en Ithaca, donde se especializó en música. Se casó en 1964 con Richard, ingeniero químico, y en la época del suceso vivían en la zona de Syracusa. El día de Acción de Gracias de 1964 Marianne y Dick visitaban a sus padres en New Berlín.
En mi opinión la testigo principal goza de entera credibilidad; su testimonio puede considerarse un reportaje verídico y exacto, dentro de lo que cabe, de lo que ella creyó ser un suceso único y real.
La narración que sigue se basa en el testimonio directo de Marianne. Aparte de ciertos arreglos para obtener una continuidad en el relato y de una selección de material, las palabras que describen lo que ocurrió en 1964 son textuales suyas.


“ESTRELLAS FUGACES"

Dick había salido de caza con mi suegro y yo me quedé con su madre para que no estuviera sola. Eran aproximadamente las 12,30 de la noche y como no podía conciliar el sueño decidí poner la televisión; proyectaban un viejo film que ya había visto varias veces, así que tomé una cerveza y salí fuera.
Aquel año había nevado mucho, sobre todo por las tardes y el tiempo solía ser nuboso, cargado y  triste. Sin embargo aquella era una noche excepcionalmente despejada y luminosa, mostrando un desacostumbrado número de estrellas y una luna muy brillante.
Una vez en el porche, como hacía frio entré por mí abrigo y volví a salir. Contemplaba las estrellas tratando de descubrir las constelaciones cuando observé una estrella fugaz;  yo estaba mirando en dirección N-NO y la estrella cayó hacia el horizonte describiendo un arco en dirección este.

Luego vi otra, solo que en vez de caer hacia el horizonte lo hizo en línea recta; la vi aproximadamente en el mismo punto que la primera. Me pareció que bajaba justo sobre la autopista (carretera nº 8 que se dirige hacia el norte desde New Berlín. Nota de T.B,) o un poco hacia el este, hacia Five Corners. A continuación siguió el curso del riachuelo más o menos paralelo a la carretera 80 que pasa delante de la casa, Comprendí que se trataba de algo muy extraño pues era claramente visible y la ladera de la colina por encima del objeto, junto al torrente y en el lado norte de la carretera se apreciaba perfectamente. Pensé que aquella era una luz excepcionalmente clara y de una luminosidad e intensidad jamás vistas por mí.  Las lámparas de mercurio son en extremo brillantes pero ésta lo era aún más.



“UN ZUMBIDO SORDO”

Además de la visión luminosa había otra cosa extraña, una especie de zumbido de abejas o como una bomba de agua funcionando en un tono constante. Mi suegra se levantó seguramente para ir al lavabo y la llamé cuando atravesó la sala de estar. Abrí la puerta y le dije:
-"Cuando termines ven aquí fuera, quiero que veas algo".
A esa hora ella solía dejar salir al perro; tenían un spaniel inglés, muy encariñado con la madre de mi esposo Dick.
En ese momento vi acercarse un coche por la carretera, procedente de New Berlín; posiblemente eran unos jóvenes de regreso a su casa. Giró a la izquierda en Five Corners y avanzó por el trozo de carretera comprendido entre la curva del río -por donde se movía el objeto- y nuestra casa. El objeto se movía a escasa velocidad y el coche siguió adelante. Un minuto más tarde apareció otro automóvil; aminoró la velocidad y enfiló un poco hacia el NO de la casa rodando como por el centro de la carretera con gran lentitud. El objeto disminuyó también su velocidad hasta casi detenerse. Finalmente se detuvo y vacilando un momento en el aire, volvió hacia mí  en dirección al segundo coche -el cual aceleró- y se puso a seguirlo.

(Nota de T.B: En aquellos momentos varias cosas sucedieron simultáneamente: la madre política de Marianne se había dirigido a la puerta, la había abierto y estaba a punto de salir cuando el objeto comenzó a retroceder velozmente hacia su nuera, que se encontraba en una pequeña elevación en el medio del camino que conducía a la casa. Marianne, alarmada por el súbito movimiento del objeto hacia ella retrocedió apresuradamente hacia el porche. El coche naturalmente, huyó disparado al tomar la recta).

Cuando aquella cosa empezó a volver atrás pensé que estaba demasiado cerca y retrocedí también; aún me encontraba bastante lejos de la puerta principal. Mi suegra, que se disponía a salir, al ver el objeto cerró la puerta asustada, aunque dejó un resquicio pues no quería abandonarme.
Dijo que aquello le parecía "algo extraño" y me pidió que regresara. Me volví y le dije que no tenía intención de hacerlo. El objeto se acercó sobre la carretera hasta unos 100 pies de la casa y se quedó quieto en el aire. Yo tenía la sensación de estar siendo observada.

“UN PERRO ASUSTADO”

Mi suegra trató de hacer salir al perro para que yo no estuviera sola pero el animal permaneció entre sus piernas y pude ver que temblaba de miedo. En esto llegó un tercer coche y aminoró la marcha; el objeto hizo lo mismo, manteniéndose a igual velocidad. Los ocupantes del vehículo parecieron asustarse pues aceleraron a fondo huyendo de allí. El objeto continuó moviéndose lentamente a través del valle siguiendo la curva del rio hasta la ladera de la colina y continuó en dirección N-NO subiendo por este lado de la montaña, a una distancia de unos 3.800 pies según la escala del mapa topográfico aquí indicado. Luego se situó justo debajo del borde de la colina. Ya no podía oír el zumbido pero seguía viendo la luz.

Mi suegra insistió "¿entrarás en casa de una vez?. Contesté que no y le pedí que me trajera los binoculares; entonces ella, que había estado mirando desde una ventana del comedor orientado al NO, me dijo que entrara pues desde allí vería mejor y no cogería frío. Hice lo que me pedía pues estaba refrescando y ya había permanecido bastante tiempo fuera. En efecto, desde la ventana pude ver mejor; así pues, entré en la casa 2 ó 3 minutos después del aterrizaje y mi suegra respiro más tranquila. El perro se rebullía a sus pies y la seguía a todas partes; había sufrido un “shock”.

(Según el horario de Marianne, entró en la casa poco después de la una de la madrugada.- Nota de Ted B.)

Desde la ventana traté de enfocar los gemelos pero no pude ver nada a causa del reflejo de la luz en las lentes.
"Muévelos un poco" me dijo mi suegra  así lo hice y conseguí ver lo que estaba sucediendo: pude apreciar cierto movimiento en torno al objeto.
" Que es lo que ves?” me preguntó;
"Puedo ver una luz y algo que se mueve alrededor… como si hubiera gente allí".

No podría describir la forma del objeto excepto que la luz parecía salir de su parte inferior y que aparentemente se sostenía sobre unas patas o soportes pues no llegaba a tocar el suelo ya que pude ver unas figuras de aspecto humano moviéndose bajo él, como cuando se repara un automóvil.

“CAJAS DE HERRAMIENTAS”

Les podía ver moviéndose en torno al vehículo portando lo que me parecieron cajas de herramientas. Eran necesarios dos hombres para transportar una de ellas. No sé decir si tenían dos o tres cajas pero sí que había más de una. Me dio la impresión de que los "hombres" se movían alrededor de algo circular y parecía haber una luz en la parte inferior del objeto, tan luminosa que era imposible a preciar la forma del mismo.

“PUEDO VERLOS”

Pedí a mi suegra que tomara los binoculares y me dijera si veía moverse alguna cosa. Así lo hizo y exclamó:”Oh, puedo verlos, no hay duda”.
Estoy segura de ello pues se puso tensa; "es cierto los veo", me dijo alarmada y tendiéndome los binoculares pues "no quería seguir contemplándoles".
Voy a describir a las “personas” que observé: Eran unos cinco o seis. Vestían una especie de trajes de buzo de color oscuro; podía distinguir perfectamente sus manos, de un tono más claro que el traje. Parecían humanos en toda su estructura: cabeza, tronco, extremidades, movimientos, etc. Se apoyaban en dos piernas y trabajaban con brazos y manos idénticos a los nuestros. Únicamente su estatura era ligeramente superior a la media (de 6 1/2 a 8 pies).
(Marianne calculó la altura basándose en la de los arbustos de la parte inferior de la colina).

Los únicos a quienes podía observar bien eran los más cercanos al objeto pues la luz los iluminaba. Pude ver que la piel del rostro, manos y cuello era más clara que la de los trajes. No creo que llevaran la cabeza cubierta, más bien me pareció que tenían cabello corto y el perfil de las caras de los que estaban bajo el vehículo en el suelo era en todo humano.



“REPARANDO EL VEHÍCULO”

Trabajaban en su vehículo como yo había visto trabajar a mi padre cuando reparaban máquinas en la granja. Parecían tener llaves inglesas, tuercas y destornilladores así como otros útiles de reparación.
Sacaron algo de la parte inferior del vehículo y lo depositaron en tierra; no recuerdo si usaban guantes. Era un equipo de unos cinco hombres.
Antes de esto y unos cinco o siete minutos después de haber entrado en casa mi suegra exclamó sorprendida: "Oh, hay otro más”. Tomé los binoculares y pude ver otro objeto que se acercó siguiendo una línea SO-NE y se detuvo sobre el borde del riachuelo, justo encima del otro vehículo. Unos cuatro o cinco " hombres" más se unieron a los primeros, los cuales en aquel momento acababan de sacar del aparato algo semejante a un motor o una fuente de energía.
Los recién llegados comenzaron a su vez a trabajar. Cortaban algo similar a un largo cable, pues se arqueaba y movía como tal; lo hacían en trozos iguales y debía de ser un trabajo duro, quizás porque era pesado o largo o embarazoso de manejar. Parecía de color oscuro y lo usaban para ajustar la pieza averiada que yacía en el suelo, debajo de donde fue extraída. Cuando empezaron a trabajar mi suegra me dijo que era la 1,15 de la madrugada.
No estoy totalmente segura si había diez o doce "hombres" pues iban y venían continuamente entre ambos vehículos, trayendo y llevando cosas.
No podía ver nada sin ayuda de los prismáticos excepto la luz (mejor dicho las dos luces). La del segundo aparato situado sobre la cresta de la colina era del tamaño de la luna llena, mientras que la del primero era tres veces mayor, si bien ambas brillaban con igual intensidad. Me dio la impresión de que la avería estaba relacionada con el tamaño de la luz.

“ASUSTADAS”

Periódicamente mi suegra me decía la hora y decidió permanecer levantada acompañándome principalmente porque "primero, no podría dormir hasta que se fueran o sucediera algo y segundo “no te dejaría aquí sola por nada del mundo".
"Además -añadió- el perro está muerto de miedo; esta casi tan asustado como yo".
Su temor era debido a que nunca antes había visto una luz como aquella. Yo en realidad no sentía ningún miedo. Me preguntó si íbamos a llamar a la policía o tal vez al Gobierno. Nos miramos y yo le dije: "La verdad me fastidiaría tener que hacerlo", "a mí también ", dijo ella; "si les avisamos -añadí yo- vendrán a molestarles con armas de fuego y ellos solo quieren arreglar su avería y marcharse".

Ambas queríamos también evitar los problemas y molestias que todo ello nos acarrearía. En aquel momento no pensamos en el posible peligro que corríamos sino en que solo trataban de reparar su vehículo y marcharse. No queríamos que nadie les molestara; estoy convencida de que ellos sabían que no avisaríamos a nadie y de que me vieron cuando aquel coche salió huyendo. Me sentía observada, al igual que mi suegra, por innumerables ojos; sé cuando alguien me observa.
“No me lo explico -me dijo- pero esto es algo entre tú, yo y la verja de madera”.También estaba segura de que ellos sabían que no avisaríamos a nadie.

Exactamente a las 4,30 por el reloj de la cocina formaron un equipo de 9 hombres; tres de ellos quedaron detrás, en torno a la pieza que reparaban. Los otros seis parecían estar sosteniendo algo o tal vez habían terminado su tarea.
No puedo asegurar si todos manejaban herramientas pero sí que trabajaban en equipo. Cuando terminaron uno de ellos que parecía ser el jefe, les hizo un gesto como indicando que se lo tomaran con calma. Entonces tomaron la pieza y la izaron verticalmente, tratando de ajustarla en la parte inferior del vehículo. Subió unas ocho pulgadas y pareció ladearse.

Al quedar recortada por la luz que terminaba allí bruscamente pude ver su parte inferior, semejante a un plato o a la base de un motor, tenía forma circular. La pieza quedó inclinada y trataron de encajarla haciéndola girar como un tornillo, sin conseguir ajustarla debidamente por tres o cuatro pulgadas. Fracasado su intento volvieron a empezar. Depositaron la pieza en el suelo trabajaron en ella otros diez minutos e intentaron colocarla de nuevo sin resultado. Repitieron la operación cortando entonces algo parecido a aquel cable pero de color más claro y en trozos más pequeños; ahora trabajaban a toda prisa.




“TRIPULACION FRUSTRADA”

Lo intentaron una vez más y casi lo lograron pues faltaba una pulgada o pulgada y media para que ajustase. Uno de ellos hizo una señal como diciendo: “no va bien, no resultará”; Se les veía exasperados, ansiosos por arreglarlo sin conseguirlo.
Desenroscaron de nuevo la pieza y trabajaron en ella unos tres minutos. El que debía ser el jefe, que estaba a la izquierda, se dirigió a ellos con unos ademanes que parecían decir: “Tomadlo con calma, lo intentaremos una vez más, trataremos de ajustarlo correctamente y de hacerlo funcionar”.
Por supuesto no pude oírle, solo interpreté sus gestos. Cuidadosamente levantaron la pieza. Había suficiente luz como para apreciar que la parte frontal del vehículo era redonda y la parte inferior cónica, pero no podría decir si la parte superior era también cónica o redondeada. Justo antes de meter la pieza en el centro –que parecía cilíndrico- una intensa luz salió de debajo del vehículo.

Finalmente consiguieron ajustarla, mostrándose muy contentos. Eran las 5,04 de la mañana. Recogieron rápidamente todos los utensilios y los tripulantes del segundo objeto corrieron hacia él. Dos de ellos llevaban una de las cajas de herramientas y corrían como si transportaran algo extremadamente pesado.
Había por lo menos otras dos cajas pues dos hombres más corrían trabajosamente por allí; parecía que estaban recogiendo los restos del cable. Luego subieron corriendo por la colina y ya no volví a verlos.
A las 5.05 el objeto situado en la cima de la colina partió. Se elevó en línea recta - no sé a qué altura- y desapareció casi instantáneamente en la dirección en que vino, Oeste-Sudeste. Un minuto después el otro subió hasta la cresta de la colina, ascendió un poco más y se disparó en la misma dirección que el primero, a igual velocidad. Y eso fue todo. Había sido una larga noche.

“SEÑALES DE ATERRIZAJE”

Al día siguiente por la tarde me levanté y dije a mi suegra: “voy a ir allá arriba”. Ella se mostró de acuerdo. Me dirigí a los dueños de la propiedad donde se habían desarrollado los hechos y les pedí permiso para subir a la colina a lo que no pusieron objeciones aunque me miraron de un modo extraño. Afortunadamente no pidieron explicaciones ni yo se las di pues seguramente no habían presenciado nada de lo ocurrido la noche anterior.
Les di las gracias y subí al automóvil con mi madre política. “No puedo subir andando hasta allí - me dijo- pero puedo observar desde el coche”. Es una mujer de estatura parecida a la mía. Bastante pesada y como padece de artritis le resulta penoso moverse y caminar.

Busqué por los alrededores y encontré en la cima de la colina y en la ladera, en el mismo lugar en que lo había visto tres sitios donde algo de forma cónica y redondeada en la parte inferior, muy pesado y espaciado en un triangulo de unos 15 a 20 pies de lado se había posado en el suelo. Formaba un ángulo como las patas de un trípode que hubiera sostenido un objeto sumamente pesado pues una de ellas se había apoyado en el suelo rocoso y había penetrado hasta la roca viva. Las huellas dejadas en terreno normal tenían unas 14 pulgadas de ancho por 18 de profundidad; el agujero menos profundo era de unas cuatro pulgadas. Había dos de estas señales una en la cima de la colina y otra en la ladera y formaban un triangulo equilátero.

“EL CABLE”

Mientras miraba por allí recordé a los hombres cortando el cable, así que bajé hacia un lugar donde crecía hierba alta y comencé a buscar. Creo que fue aquel mismo día cuando encontré unas tres pulgadas de lo que parecía ser un cable, a unos 50 o 60 pies más abajo del grupo de agujeros la parte más exterior, de forma tubular. parecía la envoltura de un cable y en el centro, que había sido cortado lateralmente se podía ver el relleno aproximadamente de una pulgada de espesor, algo que parecía tiras de aluminio muy finamente cortadas, tan largas como la envoltura y del color y el tacto del aluminio sin serlo, pues éste se arruga y aquello no lo hacía. Era una materia en extremo ligera y se podía sacar todo lo de dentro pues la envoltura había sido cortada longitudinalmente.
Esto es todo lo que encontré. El cable quedó en casa de mi suegra y allí sigue a menos que alguien lo haya tirado a la basura. Decidimos guardarlo para evitar que alguien curioseara sobre ello.
(El cable no pudo ser localizado, seguramente alguien lo tiró).


LISTA COMPLEMENTARIA DE PREGUNTAS GENERALES CON RESPUESTAS DE LA TESTIGO.
(Marianne.-)
1.-El sonido del objeto era diferente del de un helicóptero? ¿Más fuerte o más débil?
- Más débil, simplemente un zumbido.
2.-0bservó el objeto con los binoculares cuando estaba aun en el aire, antes de aterrizar?
- No.
3.-En la cinta dice Vd. que los hombres tenían cinco dedos, ¿pudo distinguirlos?
-No puedo afirmarlo. Su manera de manejar las herramientas no permitía asegurar esto, aunque no noté nada de raro en sus manos.
4. - ¿Cuantos binoculares había en la casa en aquel momento? ¿Tenia Vd. alguno más potente? - No, solo había uno de siete aumentos.
5.- ¿Como supo Vd. que las figuras eran más altas de lo normal? ¿Había algún punto de referencia -matorrales, postes de vallas, etc., que pudiera usar a tal fin?
- Sí, los matorrales de la colina tenían unos cinco pies de altura y los hombres eran de uno y medio a dos pies más altos.
6.- ¿Que anchura tenían los agujeros? ¿Se estrechaban en la punta?
- Sí, unas 14 pulgadas de ancho por 18 de profundidad.
7.- ¿Vd. dijo que algunos profundizaban hasta 13 pulgadas?
- sí, y aun más.
¿Cuanto  medían los menos profundos?
- Unas 4 pulgadas.
8.- ¿Que distancia había entre las dos series de marcas?
- de 40 a 50 pies.
9.-EI cable que Vd. halló a qué distancia se encontraba del grupo de marcas más bajo.
- A 60 pies.
10.- ¿Cuándo subió su esposo Dick con Vd. a la colina?
- El lunes siguiente, un día después de volver de caza.
¿Les acompañó alguien más?
-No.
11.- ¿Vio su esposo los agujeros?
- sí.
¿Alguien más los vio?
- No que yo sepa.
12.-Durante estos nueve años transcurridos desde entonces ¿a cuántas personas ha hablado del accidente?
A unas 10 personas.
¿Hubo alguna reacción especial?
- Sí, es toda una historia. ¿Repercusiones?.
- Si, ¡oga! ¡ja! ¡ja!.
13.-¿Hay alguna pregunta importante que haya pasado de largo desde nuestra entrevista? Si es así por favor anótela.
- sí, la hay. Vea el papel "A"
- Firmado: Marianne H. Fecha: 8/17/73.
13a).-EI perro salió a la calle poco después del suceso y pareció recuperado del susto, sin mostrar efectos posteriores.
b ).- En el dibujo la cima de la colina está demasiado próxima .
c). - Varias veces observé que los " hombres" se pasaban algo bajo el objeto, trabajando en la fuente de energía o "motor".
d).- El dibujo de la colocación –aproximada- de los hombres.
e).- Las cajas de herramientas tenían unos tres o cuatro pies de largo por uno de ancho.
f).- Había la señal de un sendero circular, como el dejado al andar sobre rastrojos de heno.
g),- Efectivamente, vi "hombres" yendo y viniendo alrededor del objeto mientras trabajaban.

Firmado: Marianne H.
Fecha: 17/6/73.

LISTA SECUNDARIA DE PREGUNTAS REFERENTES AL OBJETO Y SU TAMAÑO.

1.-¿ Podría calcular la anchura del objeto?.
- Si, de 25 a 50 pies.
2.-¿Podría calcular la longitud de sus patas?
- De 6 a 7 pies.
3.-¿Eran las patas claras u oscuras?
Claras.
¿Se adelgazaban en los extremos, tal como indica su dibujo?
- Sí
4. - ¿Puede calcular el tamaño de la luz debajo del aparato?
- Sí, medía unos 10 pies.
5.-La luz del objeto ¿era comparable a la de tres lunas llenas –según su grabación- o era menor?-
.-La luz que salía por debajo, entre las patas, tenía ese tamaño.
6.-¿Puede trazar una línea en el dibujo, en la parte inferior del objeto que señale el límite entre la luz y la sombra? ¿La línea se curva hacia arriba o hacia abajo?.
- Hacia abajo. (Ver dibujo).
7.-¿Podría calcular el tamaño de la pieza retirada?
- Tenía dos pulgadas de alto por uno de ancho.
S.- Dicha pieza ¿despedía luz por ella misma o estaba iluminada por la del aparato?
- Despedía luz por arriba solamente. (Ver dibujo). También recibía una luz muy intensa del aparato.
9.-¿0ue distancia calcula Vd. que había entre el suelo y la parte inferior del objeto o de la luz?
- De cuatro a cinco pies.
10.-¿0ue posturas adoptaron los "hombres" mientras trabajaban en la pieza bajo el aparato?.
- Sentados al ajustarla y medio tumbados al sacarla, arrodillándose y apoyándose en los codos.
11 .-¿La Iuz iluminaba el suelo alrededor?
- Desde luego.
¿ A qué distancia?.
- Hasta unos 40 pies.

Firmado: Marianne H.
Fecha: 17/6/73.

COMENTARIOS DE T. BLOECHER.

La existencia de tripulantes humanos de OVNIs, aunque pueda parecer muy improbable, no sería nada nuevo, después de este reportaje de New Berlín. Aparte de la literatura publicada referente a contactos, muchos casos de apariciones de tipo humano van estrechamente ligados a encuentros con OVNls. Por ejemplo, la tarde del 7 de Agosto de 1954 según informó un periódico local, Gabriel y Henry Coupal de 13 y 11 años, hijos de los Sres. Phillip Coupal, que vivían cerca de Hemmingford, Quebec (justo al Norte de la línea de New York, encima de Plattsburgh),  dijeron haber visto aterrizar un objeto en un campo de su granja y descender un piloto. En una entrevista grabada en cinta magnetofónica unas semanas más tarde los muchachos y su madre describían detalladamente las circunstancias del encuentro.

Los dos muchachos habían ido en su caballo a una parcela a recoger guisantes para la cena. Al oír un zumbido parecido al de las abejas Gabriel miró hacia arriba y vio un luminoso y coloreado objeto descendiendo cerca de un silo. Se detuvo a algunos pies del suelo, ennegreció y una especie de vara o mango apareció en su parte inferior que, dirigiéndose hacia el suelo, según el mayor de los niños, semejaba una escalera de mano. Un hombre muy alto apareció por una abertura del aparato. Terriblemente asustado Gabriel agarró a su hermano menor y huyeron a todo galope hacia la casa. Henry miró hacia atrás y exclamó
-" Un hombre muy grande viene hacia nosotros".
Según las notas tomadas en la entrevista grabada los chicos describían al " hombre" como de 7 a 8 pies de estatura, vestido con un ajustado traje de goma que le cubría todo el cuerpo, excepto la cabeza. Estaba bien proporcionado y llevaba en la mano algo que los muchachos describieron como una ametralladora.
Aparte de sus "grandes ojos redondos" tenía un aspecto enteramente humano, si bien su cabello negro no estaba peinado al modo usual sino que tenía un " corte" diferente y no muy largo. Estos detalles concuerdan con los seres de New Berlín.

Lo interesante de la aparición de Hemmingford es que, así como no volvieron a hacerse observaciones del "hombre alto", la Sra. Coupal informó que el objeto permaneció en las cercanías durante más de una hora después del encuentro inicial con los muchachos pareciendo que varias veces tocó tierra brevemente en la vecindad. Fue observado por gran número de personas, incluyendo al Sr. C.E.Petch, un agrónomo de Hemmingford y a las Sras. Douglas Laurie, sobre cuya casa el objeto se mantuvo en el aire unos momentos. Más adelante el Sr. Petch, examinando uno de los lugares de aterrizaje dijo haber encontrado huellas en el suelo y marcas de llantas en la hierba.

Habría que preguntarse si los detalles mencionados en este caso, que concuerdan con los de New Berlín podrían haber sido tomados " prestado" por Marianne a fin de afianzar la credibilidad de su caso o por alguna otra razón. No es en modo alguno probable, al menos en mi opinión. En este país (USA) el caso Hemmingford no fue dado a conocer en todos sus detalles en ningún tipo de literatura sobre el tema OVNI. Por ello es improbable que Marianne hubiera tenido acceso a estos detalles peculiares, aunque estuviera familiarizada con la literatura de este tipo (y no lo está). Más aún, no tiene sentido mencionar solamente detalles aislados tomados de ciertos casos como pruebas para un reportaje inventado; cada caso es completamente distinto en su conjunto y las diferencias son realmente más notables que las semejanzas.
Sin embargo esto es sumamente importante, basándome en mi entera confianza con la testigo principal, en el caso de New Berlín. Sencillamente no es persona capaz de tomar "prestados" detalles aislados de otros informes para usarlos en una historia de su invención.

"SKYLOOK" nº 92
Traducción de Isabel Mate Lopez.

...........................................................................................

He dejado para el final, el relato donde se describe a un OVNI averiado y los hechos que acontecieron a un ingeniero en Sudáfrica. Recomiendo leerlo en su integridad pues los tripulantes de aquella astronave charlaron con H.M., (el protagonista de este encuentro) sobre las características técnicas de aquel platillo volante. El relato lo he recogido del libro “Encuentro en Sudáfrica” 25 Años de Investigación, escrito por el admirado e inigualable investigador y escritor J.J. Benítez, de quien nunca estaremos lo suficientemente agradecidos por su labor de investigación respecto al fenómeno extraterrestre.


«Encuentro» en Sudáfrica

A pesar de haberlo intentado, H. M. no pudo conciliar el sueño. Ya los quince minutos abandonó la cama. Era una noche limpia. Con miles de estrellas sobre la pequeña finca del ingeniero inglés.
«Era extraño. Yo soy hombre de costumbres sencillas y regulares. Y acostumbro a dormirme con facilidad. Pero, aquella noche... »
H. M. no podía imaginar lo que le aguardaba a escasos kilómetros de su casa de campo en la localidad de Paarl.
Él trabajaba entonces como ingeniero en la prestigiosa firma inglesa British Reostatic Company ubicada en Ciudad del Cabo.
Y, como buen inglés, había huido de la maraña humana de la capital sudafricana. Y se había instalado en «Lilly Fontein», una finca de pequeñas dimensiones, a unas treinta millas de la capital.


«... Salí al campo y permanecí unos instantes como absorto por el desconcertante hecho de no haber podido dormir.
»Pero, al instante, me dirigí al garaje donde encerraba el pequeño coche de mi mujer.
»Yo había trabajado toda la tarde en la puesta a punto del mismo. Y, hacia las once de aquella noche, un poco cansado, opté por retirarme a la casa dejando para el día siguiente la carga de la batería.
»Pero, como le digo, fue inútil. No pude conciliar el sueño y me vestí, saliendo nuevamente en dirección al utilitario de segunda mano que empleaba mí esposa para desplazarse a la ciudad.
»Y, en medio de la oscuridad, arranqué el vehículo. Y enfilé la solitaria carretera, con intención de llegar a las proximidades de una montaña llamada Drakenstein, a unos doce o quince kilómetros de la finca.
»Con aquel recorrido era más que suficiente para recargar la batería del coche...
»Mi pensamiento era llegar hasta una explanada que se extiende en la cima de la montaña y regresar.
»Y así lo hice.

»Hacia las once y cuarto de la noche terminé de remontar el puerto y entré lentamente en la explanada, a unos novecientos metros de altitud.
»Aquella zona viene a constituir una pequeña meseta que se abre al pie de uno de los elevados macizos de la montaña.
»Recuerdo que había luna. Y me percaté de que la sombra del macizo se proyectaba sobre la explanada, dejando buena parte de la misma sumida en una intensa oscuridad.
»Cuando casi había llegado al final de la planicie, decidí dar la vuelta y emprender el camino de regreso a casa. Fue entonces, al concluir el giro cuando vi a aquel hombre, en la oscuridad, con su brazo en alto y haciéndome señales para que parase...
»Pero -me pregunté-¿qué hacía aquel hombre en este lugar y vestido con aquella especie de bata blanca de laboratorio...?»

H. M. prosiguió su relato, sin percatarse de que algo había fallado. La cámara emitió un pitido anormal y Federico Gutiérrez Larraya, jefe de fotografía y su ayudante, José Fernández Jurado, cortaron la filmación, tratando de averiguar qué diablos había ocurrido.
Y el resto del equipo de Televisión Española que tomaba parte en la grabación hizo un alto, a la espera de una -suponíamos-inmediata reanudación del trabajo.
Pero todos los intentos fueron inútiles. La pesada cámara de televisión no respondía. Y sometidos a una desagradable desazón fue preciso suspender el rodaje de aquel nuestro primer programa «tras las huellas de los ovnis».
No empezaba con muy buen pie aquel tan deseado sueño de Fernando Jiménez del Oso y mío propio...

Doctor Fernando Jimenez del Oso
Meses antes -ya en pleno 1977-mi buen amigo el doctor Jiménez del Oso y yo habíamos comentado en repetidas oportunidades la necesidad de llevar a la pequeña pantalla una serie de reportajes sobre la presencia de los misteriosos «objetos volantes no identificados» en el mundo y, más concretamente, sobre los cielos de nuestro país.

Era ya el momento oportuno de hacer algo en serio. Mis archivos se encontraban repletos de casos ovni. Muchos de ellos, de gran interés. Apasionantes, diría yo.
¿Por qué no intentarlo? ¿Por qué no lanzarse a la aventura de recoger toda una selección de testimonios de personas de absoluta confianza y seriedad que hubieran visto ovnis?
Y, poco a poco, aquel sueño terminó por hacerse realidad.
Y el lunes, 24 de abril de 1978, por primera vez en España y posiblemente en todo el mundo, un equipo de televisión iniciaba el rodaje de toda una prometedora serie de programas sobre los ovnis.
Semanas antes, desde el momento en que se iniciaron los trabajos de preparación de las grabaciones, yo me propuse un objetivo tan claro como firme: intentar mostrar a cuantos pudieran contemplar estos reportajes que la realidad de los OVNIs es total. Aplastante. Definitiva.

E iban a ser los testigos -la minuciosa selección de testigos ovni-los encargados de llevar a cabo este propósito.
La selección de personas que en alguna ocasión habían tenido algún tipo de encuentro con estas naves o con sus tripulantes fue realizada por mí mismo, de acuerdo con las posibilidades que ofrecía televisión.
Sé que han quedado fuera de juego decenas de testigos que, por sí mismos, hubieran permitido la realización de espléndidos y apasionantes programas.
Pero, como digo, me obsesionaba la idea de ofrecer a los que todavía dudan el calor y el peso de las palabras de pilotos civiles y militares, de ingenieros y sacerdotes, de controladores aéreos, de radaristas, de marinos y policías...

De aquellos testigos, en fin, de los que no cabe la posibilidad de duda.
Y vaya por delante mi máximo respeto hacia campesinos, pescadores ya todos aquellos que –incomprensiblemente no son admitidos por los «medios científicos o militares» como testigos de «1ª y 2.a categorías»1 dentro del fenómeno ovni.
Y aunque en algunos de los programas fueron incluidos también los testigos de 3ª y 4ª categorías», han sido los menos -e insisto en este punto-única y exclusivamente en beneficio de las actuales exigencias de los referidos «medios científicos».

Los detractores e incrédulos necesitan testigos de total garantía. Pues bien, aquí los tienen.
Fue necesario esperar veinticuatro horas. Sólo entonces pudo reanudarse el rodaje de este nuestro primer episodio. Por esas circunstancias extrañas que rodean a televisión, la llegada de una nueva cámara se demoró todo un día. Y el equipo comenzó a impacientarse.
Pero el ingeniero -nuestro primer protagonista-es hombre paciente y cordial, como buen inglés, y supo disculparnos.

En realidad, H. M. iba a ser el único de los ochenta testigos interrogados a lo largo de nuestro arduo periplo por el país a quien no fue posible convencer para que diera su nombre. Deseaba conservar el anonimato ante las cámaras. y fue necesario rodar las diferentes escenas, así como la totalidad del relato sin que su imagen apareciera en pantalla.
Y para mayor reserva, nuestro hombre -a quien llamaremos H. M.-pidió explicarse en inglés, a fin de evitar, incluso, cualquier identificación en la empresa donde actualmente presta sus servicios como ingeniero.

Bilbao
H. M. reside en Bilbao. Tiene cincuenta y cuatro años. Está casado con una española y es considerado en su empresa -dedicada a la alta tecnología espacial-como un hombre de gran prestigio y de elevada categoría profesional y humana.
«Mi experiencia en la compañía inglesa para la que yo trabajaba en Ciudad del Cabo -me había comentado en diversas ocasiones-fue nefasta cuando intenté explicarles lo que me ocurrió en aquella famosa noche, en la montaña de Drakenstein. Por eso deseo permanecer en el anonimato.... » Pero ¿qué era lo que había sucedido aquella noche, a poco más de 35 millas de Ciudad del Cabo?

1. En la investigación ovni, las Fuerzas Aéreas establecen como testigos de 1º y 2º categorías -en orden a la «calidad" del informante-al propio personal militar, ingenieros aeronáuticos, astrónomos y meteorólogos, así como titulados universitarios, policías y periodistas, entre otros. Entre los testigos de 3º Y 4º categorías figuran comerciantes, campesinos, obreros y personas sin profesión ni estudios. (N. del a.)


-... Aquel hombre se encontraba al borde de la carretera. Solo. Y, como les decía ayer, vestía una especie de bata blanca que le llegaba hasta por debajo de las rodillas...
El ingeniero había reanudado el caso, interrumpido veinticuatro horas antes. Esta vez, todo parecía funcionar a las mil maravillas. Enrique Fernández Porras, realizador de la serie de televisión, nos hizo una señal y H. M. prosiguió con aquel -sin duda-impresionante «encuentro» ovni.
-... Y detuve el automóvil, naturalmente. En Sudáfrica es costumbre parar siempre a los que solicitan alguna ayuda en las carreteras o caminos. Allí, las distancias son largas y es frecuente encontrar colonos o automovilistas que hacen autostop.
-Pero ¿de dónde salió aquel hombre? Porque, si no recuerdo mal, usted se hallaba en lo alto de una montaña...
-En aquel momento no me di cuenta. Imaginé que de la zona oscura de la explanada. Pero allí no había casa alguna. Al menos, yo no vi luces.
Y el ingeniero prosiguió:
-... Aquel hombre se acercó hasta la ventanilla y me preguntó:
»-¿Tiene agua?
»Le contesté negativamente. Sólo en el radiador, le detallé. »Y pareció lamentarse. Entonces comentó: »
-¡Es que necesitamos agua! ... 
»La verdad es que lo vi tan necesitado que le apunté la posibilidad de conducirlo hasta un pequeño río que corre a cierta distancia.
»Aquel hombre me observó y volvió a preguntar:
»-¿Está lejos ese río?
»-No -le respondí- Quizá a medio kilómetro. Es un arroyo de montaña. Allí podríamos tomar el agua... Además -le añadí-se trata de agua muy buena. Baja de lo alto de la montaña...
» Y aquel hombre pareció conforme.


-Disculpe -interrumpí-o ¿Y en qué lengua hablaban?
-En inglés. 
-Pero ¿qué inglés: norteamericano, australiano, británico…?
-No, aquel hombre no tenía acento. Yo conozco bien a las gentes de Sudáfrica. Allí viven holandeses, indios, malayos, norteamericanos, chinos, etc., y casi todo el mundo habla inglés. Pero aquel inglés no era como el de los sudafricanos... No sabría definirles.
-¿Usted lo entendía?
-A la perfección.
Le rogué a H. M. que siguiera con la narración.
-Total, que lo invité a subir a mi coche. Y así lo hizo. Y nos dirigimos hacia el riachuelo. 
-¿Y de qué hablaron? 
-Prácticamente de nada. Entonces fue cuando le pregunté si llevaba algún recipiente para echar el agua. Me miró y contestó que no.
»-Bien -murmuré-, creo que servirá una pequeña lata de aceite que llevo ahí detrás...
»-Está bien -contestó con brevedad mi casi mudo acompañante.
»Y llegamos al arroyo. Entre los dos procedimos a lavar la lata de dos galones y medio. Lo hicimos con calma. Primero la llenamos de agua y después introdujimos arena. Y fuimos turnándonos en este menester.
»Cuando consideramos que se encontraba lo suficientemente limpia, la llenamos de agua y regresamos al vehículo.
»Y aquel hombre me rogó que regresara al mismo punto donde le había encontrado.
»Fue entonces, a corta distancia del macizo que se eleva sobre la explanada, cuando mi silencioso acompañante me señaló la zona de sombra.
»-Allí..., allí, por favor.

Al entrar en dicha área y una vez acostumbrados mis ojos a la oscuridad me percaté de la existencia, al pie del macizo, de un extraño objeto.
Estaba como a unos cien metros de la carretera y justamente en el ángulo donde no podían penetrar los rayos lunares.
-¿Y cómo era ese objeto?
-Grande. Era grande... El diámetro total sería de unos quince metros. Pero no levantaba demasiado del suelo. Quizá, desde las patas a la parte superior, unos cuatro metros.
»Y por la zona inferior vi un espacio iluminado. Distinguí unas escalerillas...
»El coche había quedado frenado y yo seguía con las manos asidas al volante. Estaba perplejo. Confundido. No acababa de comprender...

»Para cuando quise reaccionar, mi acompañante -que portaba la lata con el agua-se encaminaba ya hacia el objeto. Salí del automóvil y me quedé quieto, absorto en lo que tenía delante.
»No le voy a negar que sentí miedo. Lo tenía. Y creo que mucho. Sentía recelo. Desconfianza. ¿Qué era «aquello» que estaba ante mis ojos?
»Alguna vez había oído hablar de los «UFOS» pero yo, como ingeniero, no creía en esas bobadas...
»Sin embargo...
El inglés guardó silencio. Parecía vivir con toda intensidad aquellos minutos.
-¿Sin embargo...? -lo animé.
-Bueno, era una sensación muy extraña. «Aquello» parecía un ovni. Y yo sentía miedo. No obstante, aquel «hombre» se volvió hacia mí y me hizo una señal para que lo acompañase.
-¿Al interior del ovni? 
-Sí. Y seguí inmóvil. Pero el «hombre» insistió. Me dijo que no tuviera miedo. Y, poco a poco, fui acercándome.
»Aquel objeto tenía forma de lenteja. Y difícilmente hubiera podido ser visto desde la carretera. Todo él aparecía a oscuras, a excepción de aquella pequeña abertura inferior por la que salía la luz.
»Y mi acompañante ascendió por las escalerillas. Y yo, todavía temeroso, lo seguí... Lo que el ingeniero espacial iba a contemplar en el interior de aquel objeto no podrá ser borrado jamás de su cerebro.
-Ascendí lentamente por aquellas pequeñas escalerillas. Recuerdo que me parecieron «normales». Y también eran «normales» los zapatos o botas de mi sorprendente «amigo»...

OVNI
H. M., con su habitual tono pausado, siguió la narración. Al fondo, el equipo de TVE filmaba en absoluto silencio. Aunque cada cual se había entregado por completo a su cometido, me percaté al instante del profundo interés y curiosidad con que habían empezado a seguir el relato del ingeniero. Y eso me llenó de esperanza.
-... Al asomar mi cabeza por el hueco de la escalerilla me encontré con una sala perfectamente circular.
»Había luz. Mucha luz. Pero, aunque me esforcé por descubrir los puntos que pudieran dar origen a aquella luminosidad, no logré verlos. En realidad no los había.
»Era curioso -musitó el ingeniero inglés- Sí, era muy curioso...
-¿Por qué?
-Daba la impresión de que la luz salía de las paredes y del techo y hasta del propio piso... La verdad es que yo ardía en deseos de conocer lo que H. M. tenía ante sí. Y le apremié para que prosiguiera. -Bueno, allí, en el extremo de la sala, había otros hombres como el que yo acababa de conocer. En total, cuatro.
» Uno aparecía tumbado sobre un sillón o asiento corrido que rodeaba la totalidad del objeto. »Al parecer -y según me explicó mi acompañante-habían sufrido un pequeño accidente y aquel hombre tenía problemas.

-¿Qué tipo de accidente?
-Por lo visto -dijo mi interlocutor-, aquella nave había entrado en nuestra atmósfera con una inclinación y velocidad impropias. Y uno de los grandes ventanales se había deteriorado.
»Mi acompañante me lo mostraría después de dejar la lata en el lugar donde se encontraban los otros hombres. Y vi, en efecto, una especie de rotura que cruzaba el cristal, o lo que fuera aquello...
-¿Acompañó usted al hombre que portaba la lata hasta el grupo?
-No me lo permitió. Hizo un gesto como indicándome que no me moviera del sitio donde estaba. Al terminar de ascender las escaleras yo había permanecido inmóvil al borde mismo del hueco de la escalerilla. Y obedecí, claro.
-¿Qué hizo entonces su acompañante?
-Depositó la lata junto al grupo y, a los pocos segundos, regresó hasta mí.
-¿y qué hacían aquellos hombres?
-Atender al herido. Pero lo hacían con una gran calma. Como si aquel incidente no revistiera demasiada trascendencia.
-¿Hablaban entre sí?
-Yo no les oí. Y, ahora que recuerdo..., tampoco mostraron excesivo interés por mí. Creo que ni se volvieron a mirar...
-Bien. Vayamos por partes. ¿Cómo era aquel lugar?
-Circular. Era una sala circular. El diámetro sería inferior a los diez o quince metros. Y no era muy alta, aunque suficiente como para poder caminar erguido. El techo ofrecía un aspecto ligeramente cóncavo. Se podía caminar normalmente aunque, como digo, con cierta justeza. Y creo que la explicación podría estar en la estatura de aquellos hombres.
-¿Cómo eran?
-Más bajos que yo. Y todos iguales en altura.

Meses antes de la grabación de este programa de televisión, cuando me entrevisté con H. M. en su domicilio, recuerdo que me interesé vivamente por la talla de los tripulantes.
El ingeniero pidió al grupo de amigos allí reunidos que nos pusiéramos en pie y observó.

Después respondió:
-Aquellos hombres medían 1,60 metros, aproximadamente. y lo curioso es que todos eran de la misma estatura... Yo hubiera jurado -prosiguió H. M.-que aquellos hombres pertenecían a cualquier país...
-¿Por qué lo dice?
-Porque eran normales. Sólo la altura me extrañó.

Deseaba mantener un orden en la entrevista. Así que rogué al ingeniero que prosiguiera con la descripción del extraño objeto.
-Aquella sala tenía una especie de sillón corrido que se prolongaba a todo nuestro alrededor, excepción hecha de la parte por donde habíamos entrado.
»Por encima de este sillón vi unos grandes ventanales rectangulares, que también se alineaban a todo lo largo de la sala.
»Y recuerdo otro detalle que me llamó la atención. Aquellas ventanas no formaban ángulos. Sus esquinas eran redondeadas...

Casi sin querer me vino a la memoria una curiosa coincidencia.
Cuatro años antes de escuchar este relato, otras personas -esta vez en Perú-me habían dado la descripción de una de las naves con cuyos tripulantes aseguraban y aseguran estar en contacto.2
Pues bien, en aquella inolvidable ocasión, los miembros del IPRI me hablaron de ovnis igualmente circulares, donde la luz parecía salir de todas partes. E insistieron en el hecho concreto de la falta de esquinas y ángulos en todo el objeto.
Por supuesto, mi amigo -H. M.-no tenía ni la menor idea de la existencia de este grupo peruano. Y en cuanto al relato del ingeniero, fue en 1977 cuando se decidió a hacerlo público, a través de mí.
¿Cómo podía darse una coincidencia semejante?

-... En el centro de la sala -continuó-, vi una especie de mueble cuadrado que me recordó los cuadros de mando que había en las estaciones de ferrocarril. Tenía palancas...
-¿y asientos?
-No, no los vi. Sólo el que antes le mencionaba. El que daba la vuelta completa a la sala.
»Al entrar en la nave me fijé que por la parte posterior de aquel «mueble» había como una mesa. Creí que se trataba de algún panel de mandos, pero no vi instrumentos.
»Y me fijé bien porque, precisamente, éste es mi trabajo...

En efecto, H. M. es un gran especialista en instrumentación. De ahí que su testimonio resulte mucho más importante.
-Entonces ¿no vio usted ningún tipo de instrumentos de navegación? -Ninguno.

*2. El libro de J. J. Benítez Ovnis: 5.0.5. a la Humanidad recoge las experiencias vividas por el periodista e investigador en tierras peruanas con los miembros del llamado IPRI (Instituto Peruano de Relaciones Interplanetarias).



-¿Y qué ocurrió después?
-Al regresar el «hombre de la lata» hasta donde yo me encontraba volví a insistirle en si necesitaban un médico. Pero me respondió nuevamente que no, que no era preciso.
»-Todo está bien -contestó con amabilidad pero con firmeza y como dando por concluido el asunto del médico.
»Fue entonces cuando, señalándome el lado opuesto al que se encontraban aquellos hombres, manipulando en torno al accidentado, me preguntó:
»-¿Tiene interés en conocer alguna otra cosa...?
»Yo le dije que sí, que, como ingeniero, me gustaría saber cómo funcionaba aquel aparato...
-Pero ¿por qué le señaló a usted el lado opuesto?
-Estaba claro que no tenía interés en que me acercara al grupo de hombres.
-¿Por qué?
-No lo sé.
-Dice usted que observó cómo manipulaban en torno al herido. ¿Reparó en algún detalle más?
-No mucho. Desde luego, el que había sufrido las quemaduras estaba vivo. Eso lo vi claro. Se movía...


-¿Les preguntó usted de dónde venían?
-Sí. y el que hablaba conmigo, que quizá era el jefe o el comandante, me señaló los ventanales al tiempo que decía:
»-De allí.
-No entiendo. ¿Qué quería decir «de allí»?
-Muy sencillo -contestó H. M.-. A través de los ventanales podían verse las estrellas... Supongo que quería decir que venían del espacio.
-Pero ¿le señaló alguna estrella en particular?
-No. Sólo dijo «de allí». Y cuando yo intenté averiguar algún dato más, él cambió la conversación...
-Estaba claro que no quería decírselo...
-Exactamente.
-¿En qué zona del ovni estaban ustedes conversando?
-Caminamos hasta el centro, donde se hallaba aquel «mueble». Allí había también dos hileras de palancas que salían del piso y que alcanzaban un metro y pico de altura. Cada palanca terminaba en una «horquilla», como las que se utilizaban en los frenos de mano de los automóviles antiguos... Aquello me llamó también la atención.
-¿Y cuántas «palancas» habría?
-No sé... Quizá ocho en cada fila. Lo que sí puedo asegurarle es que cada palanca salía del interior del objeto. Pude ver perfectamente la ranura rectangular en el suelo...
-Decía usted que preguntó por el funcionamiento del aparato...
-Sí. Me intrigaba no ver paneles de mando ni instrumentación de ningún tipo. Y le pregunté:
»-¿Dónde están los motores?
»Él, sonriendo, contestó:
»-No tenemos.
»-¿Y cómo navegan?
»-Con otro sistema.
»Entonces me señaló aquella doble fila de palancas y añadió:
»-Con esto, nosotros anulamos la fuerza de la gravedad.
»Yo insistí y aquel hombre me explicó que, al dominar esta fuerza gravitacional, la nave sale materialmente despedida, pero nunca en vertical, sino tangencialmente. Es decir, bien hacia un lado o hacia el otro.
-¿Y él entró en detalles de cómo lograban ese movimiento?
-Sí. Cuando cobramos un poco más de confianza, yo le pregunté cómo podía ser aquello. Y él respondió «que resultaba curioso lo que ocurría aquí, en nuestro mundo...».
-¿Por qué?
-Él afirmó que resultaba raro que nosotros (que tenemos tantos conocimientos) no conociéramos todavía este sistema de viaje. Entonces él habló de los fluidos en un tubo. Y vino a decirme que producían el mismo efecto que la electricidad en tomo a un cable...
-¿Se refería a lo que nosotros entendemos por un electroimán?
-Sí. Y aquel hombre añadió:
»-Ustedes nunca han utilizado este tipo de «imanes» con fluidos...
»Pero ¿con un tubo? -le insistí.
»-Sí -respondió-, el efecto que se obtiene al hacer pasar un fluido por un tubo no es exactamente de fuerza magnética, sino de gravedad...
»¿Qué tipo de fluido? -pregunté de nuevo a aquel hombre.
»-Un fluido que tiene mucho peso.
»Yo pensé entonces -prosiguió diciendo el ingeniero en el mercurio. 
-¿Pronunció aquel tripulante la palabra «mercurio»?
-No. Él no lo dijo. Pero yo sí lo pensé al momento. Y el  hombre continuó y explicó que «cuando la velocidad del fluido es parecida a la de la luz o de la electricidad empieza la fuerza magnética... ».
»Pero eso es imposible -apunté-o ¿Cómo vamos nosotros a provocar esa velocidad en un fluido que se encuentra en el interior de un tubo...?
»-Sí -intervino de nuevo el hombre de la bata blanca- Es fácil...
»Y me hizo ver que, al no ser comprimible el fluido, cuando entra en el tubo sale inmediatamente por el otro lado. Entonces, la velocidad relativa es infinita...
»-Es igual que la electricidad -insistió el hombre- No es un problema. Lo único que les ocurre es que no está suficientemente probado...
»Y quedé nuevamente sorprendido cuando el hombre se refirió a los giróscopos...
»Esta fuerza la tienen desarrollada en su mundo a través de los giróscopos. A partir de un número de revoluciones se consigue un dominio de la gravedad...


Giroscopio.
»Y hablando me apuntó la posibilidad de sostener ese dominio permanente de la gravedad en el giróscopo, siempre y cuando dispusiéramos, por ejemplo, de un cable que pasara sin interrupción por el instrumento.
»Si en lugar de un cable se tratara de electricidad o del fluido, el efecto sería idéntico...
»Y yo seguí preguntando:
»-Pero, muy bien. ¿Y dónde están las bombas y el resto de las máquinas?
»-No, no tenemos -respondió él- Nosotros hemos encontrado un material que no existe aquí... Es como un «imán», pero para la gravedad. Y podemos polarizar este material en dos polos. Uno «positivo» y otro «negativo». Nosotros  disponemos de este material y lo utilizamos de tal forma que anulamos la gravedad. Con barras del mismo signo se logra una repulsión y con barras de polaridad diferente se obtiene la aproximación...
-¿Y dijo aquel hombre que este material no existe en nuestro planeta?
-Así es -repuso H. M.
-¡Pero ese material es la clave...!
-En efecto.
-¿Y no se podría fabricar en nuestro mundo?
-Eso no lo sé.
-¿Cómo prosiguió la conversación?
-El hombre siguió explicándome el funcionamiento del aparato. Me dijo que, gracias a aquellos «imanes», podían sostenerse inmóviles en el espacio o salir en una u otra dirección, pero siempre en un ángulo de 45 grados. Nunca vertical.

»Después, al cabo de quince o veinte minutos, me invitó a marchar. Pero antes me preguntó:
»-¿Quiere algo más?
»Yo, en ese momento, le dije que no y me encaminé hacia el hueco de la escalerilla.
-¿No se le ocurrió pedirle algo? Cualquier cosa. Cualquier objeto que hubiera podido demostrar con mayor verosimilitud la presencia suya en el interior de la nave...
-Pues no. Además, no vi ningún objeto suelto. Todo lo que estaba a mí alrededor, a excepción de los cinco hombres, aparecía fijo al aparato.
-¿Y salió usted del ovni?
-Claro. Caminé de nuevo hacia mi coche y me alejé con rumbo a mi casa.
-¿Cuánto tiempo permaneció en total con aquel hombre?
-Desde que yo lo encontré por primera vez, unos tres cuartos de hora, más o menos.
»Lo que puedo asegurarle es que en esos minutos, y especialmente en los veinte últimos, vi cosas muy extrañas y diferentes...
»Como ingeniero en instrumentación yo sentí un profundo interés. Aquello era distinto a todo. No sé si puede comprenderme...

Traté de asentir con la cabeza, aunque en el fondo de mi corazón sabía que esas sensaciones difícilmente pueden ser comprendidas si no se viven.
¿Para qué engañamos? Yo sentía una profunda envidia.
-... Cuando me alejaba de aquel aparato -continuó H. M.-mi cabeza daba vueltas. No podía pensar con claridad. Tomé el coche y me alejé. »Cuando empecé a rodar por la carretera todavía pude ver la luz de la escalerilla por la que yo acababa de bajar...
»Llegué a mi casa y tuve la intención de despertar a mi mujer. Pero estaba dormida y preferí acostarme. Y no sé si fue por el cansancio del día, pero me quedé profundamente dormido.
»A la mañana siguiente...
-¿Volvió usted al lugar?
-No. Tenía que trabajar. Madrugué y pensé que todo lo que yo recordaba era tan sólo un sueño. Sin embargo, al volver al coche me percaté de un detalle muy curioso: la lata del aceite no estaba en su sitio...
-¿No se la devolvieron?
-No. Y la verdad es que tampoco estaba yo como para preocuparme de una lata...
»Pero hubo otro detalle. Por más que lo intenté, aquella mañana, al acudir a mi trabajo, todo parecía girar en tomo a lo que me había ocurrido. Mis pensamientos y toda mi mente estaban sujetos a lo que acababa de vivir en la montaña.
»Y yo me preguntaba a mí mismo: ¿Cómo puede ser...? ¿Es que un simple sueño puede afectarme de esta forma...? ¿Cómo es posible, además, que lo recuerde tan nítidamente y con semejante hilo de detalles y sensaciones?
»No, no... Algo en mi corazón me decía que lo sucedido la noche anterior era real.
-¿Le llenaban por completo sus pensamientos?
-Sí. Y era totalmente anormal. Resultaba hasta angustioso... »En mi trabajo lo comenté con todos los compañeros, pero el jefe me llamó y me obligó a callar. Y, desde aquel momento, decidí guardar silencio. 
-¿Volvió usted al sitio?
-Sí, claro.
-¿Y había huellas en tierra?
-Sí. Observé cuatro puntos.
-¿Cree entonces que podía tratarse de un sueño?
-No, ahora no lo creo. Pero yo jamás me había preocupado por el asunto UFO. Es más. Ni siquiera creía. Sin embargo, tengo que reconocer que nunca había tenido un sueño semejante. Por regla general, mis sueños son muy cortos y en ellos aparecen situaciones incoherentes o absurdas. No tengo en mi memoria un «sueño» tan largo y lógico...
»Además, ¿dónde demonios estaba la lata de aceite? ...

En honor a la verdad, era difícil establecer un orden en aquel apasionante relato. Las preguntas, los pensamientos y comentarios se atropellaban los unos a los otros... y volví de nuevo, en mi interrogatorio, a uno de los capítulos que más me fascina: el aspecto físico de los tripulantes de estas naves.
-Hágame, por favor -le pedí al ingeniero-una descripción lo más exacta posible de la vestimenta y rasgos físicos de aquellos hombres...
-Llevaban una especie de bata de laboratorio que descendía hasta aquí.
Y H. M. señaló la espinilla de su pierna.
-... La sujetaba un cinturón y eran todas idénticas y del mismo color beige. Algo parecido a las batas que usan los enfermeros, pero no tan blancas.
-¿Y debajo de las batas?
-Pues, no sé... Creo que pantalones. Pienso que si hubieran llevado algo anormal yo me habría fijado. Y lo recordaría. Pero no es así. Incluso los zapatos o botas, no lo sé bien, que calzaba el que subió por las escalerillas delante de .mí eran muy parecidos a los nuestros. Le repito que no me llamaron la atención...
-¿Qué edad podían tener aquellos cinco hombres?
-El que habló conmigo parecía un poco más viejo que los otros.
-¿Qué años cree que tendría?
-Unos cuarenta.
-¿Le causó extrañeza algún otro detalle de las ropas?
-Pues no... Bueno, sí. Quizá los cierres de los cuellos de las batas. Por más que me fijé no vi cremalleras ni botones ni nada... No sabría explicar cómo se ajustaban ni cómo se cerraban o abrían...

-¿Y cómo era el cinturón?
-De unos diez centímetros de ancho y como formando una sola pieza con el resto de la bata. 
-¿Y las manos?
-Como las nuestras. Iguales. Recuerdo que las batas terminaban en una especie de muñequeras...
»Cuando permanecimos junto al riachuelo, lavando la lata, aquel hombre tomó arena y metió sus manos en el agua. Y no observé nada raro...
»Era un individuo igual que yo.
-¿También el cabello y los ojos eran semejantes a los nuestros?
-Sí, aunque observé unas frentes algo más despejadas que lo habitual. Algo así como si todos tuvieran las clásicas «entradas» en el cabello.
Pero eso tampoco es extraño...
-¿De qué color era el cabello?
-Castaño. Y todos lo tenían igual. Eso sí que era curioso. Ninguno tenía el pelo claro o negro... Todos iguales. 
-¿Se fijó en los ojos?
-No, francamente...
-¿Eran de color celeste?
-No. Ese color, seguramente, me hubiera llamado la atención.
-¿Eran fuertes, atléticos...?
-No, no... Al contrario. Las manos eran más delgadas. Más parecidas a las de las mujeres.
-¿Y barba?
-No. Nada... O bien estaban muy bien rasurados o eran imberbes.
-¿Cómo eran los movimientos de aquellos hombres?
-No le entiendo...
-Quiero decir si se movían con soltura dentro y fuera de la nave...
-Sí. Todo era normal.
-¿Piensa usted que les afectaba nuestra gravedad?
-No lo creo. Si hubiera habido algún cambio en la gravedad dentro del objeto, yo lo habría notado. Y no fue así.



-¿Observó algún cambio en la atmósfera que se respiraba en el interior del ovni?
-Tampoco.
-¿Se percató usted si su acompañante en "el coche sentía alguna curiosidad por cualquiera de los instrumentos del mismo?
-No. Cuando aquel hombre entró en mi vehículo lo hizo como cualquiera que está acostumbrado a ver y a utilizar automóviles.
-Y en el río, él tocó el agua...
-Sí, sí... Aquella corriente era fría. Bajaba de la montaña y los restos del aceite en la lata se encontraban espesos. Era, en fin, muy difícil de eliminar y necesitamos como diez minutos de trabajo para dejar limpio el recipiente. En todo ese tiempo, mi acompañante tomó arena y enjuagó la lata, al igual que yo...
»Nos turnábamos en la labor. Primero limpié yo y luego él. Cuando uno se cansaba, el otro recogía la lata y seguía frotando con arena. Y así, hasta que él estimó que estaba suficientemente limpia. Entonces la llenó de agua y regresamos al coche, que había quedado a pocos metros, junto a un puente.
-¿Hablaron de algo en particular mientras lavaban la lata?
-No, sólo comentamos los pormenores de aquel trabajo. «Pues sí, ahora parece que está más limpia..., etc.»
»-No, aún queda algo de aceite... Vamos a enjuagarla un poco más...
ȃstas fueron nuestras frases en aquellos momentos.
-Y siempre en inglés, claro.
-Siempre.
-En este sentido, ¿recuerda si el inglés de aquella persona era el clásico «inglés internacional» o conocía palabras del argot?
-Aquel hombre conocía muy bien el inglés. Tenga en cuenta que para hablar de cuestiones técnicas, como fluidos, imanes, etc., se necesita dominar bien un idioma...
-¿Tenía soltura a la hora de hablar inglés?
-Sí.
-Y los otros ocupantes del ovni, ¿hablaron también?
-Ni una palabra. Como le decía, creo que ni me miraron. Y tampoco lo hicieron con el que me acompañaba.

-Pero, escucharía usted algún ruido...
-Nada. Absolutamente nada. En el interior de aquel aparato no había sonido alguno. Nos hallábamos, además, en mitad de una montaña y el silencio era total.
»Le repito que el hombre que llevaba la lata con el agua entró delante de mí. Caminó directamente hasta el grupo y allí dejó el recipiente, regresando al instante a mi lado.
»Estaba claro para mí que el «hombre de la lata», si me permite que lo llame así, no quería que me acercase hasta el grupo que atendía al accidentado. Y permanecí al otro extremo, con todo el miedo que usted pueda imaginar...
-¿Le tocó el «hombre de la lata» en algún momento? Me refiero al hecho concreto de si le tomó por el brazo o si le puso la mano en el hombro, etc...
-No. Jamás me tocó. Sólo al despedirnos me dio su mano y yo la estreché también.

El ingeniero respondió a esta cuestión un tanto sorprendido. Pero, no por lo insólito de la pregunta en sí, sino porque, sin duda, aquella conversación nuestra le estaba trayendo recuerdos y vivencias un tanto olvidados.
-¿Cómo fue aquel apretón de manos?
-No lo recuerdo bien, pero creo que fue normal. Sus manos eran finas...
-¿Quién ofreció primero su mano: él o usted? El ingeniero volvió a sorprenderse. Sin embargo, aquella matización tenía un especial interés para mí. Si el primero en alargar su mano al despedirse había sido el tripulante, aquel gesto -eminentemente humano-me proporcionaría una nueva prueba sobre la intensa y ya prolongada observación que estas naves del espacio vienen haciendo de la Tierra y de cuanto en ella vive y se mueve.
Dispongo de numerosos datos, recogidos en cientos de investigaciones, que me hacen pensar así. Estos seres, por sistemas desconocidos para nosotros, son capaces de estudiar y conocer hasta los más insignificantes detalles del hombre y de su conducta.
Y voy más allá. Tengo la certeza de que algunas de las razas que nos visitan pueden registrar hasta nuestros propios pensamientos...
Pero tiempo habrá de analizar y profundizar en estas últimas consideraciones personales.

H. M., como digo, me miró con extrañeza. Y respondió:
-No recuerdo bien, pero creo que fue él...
-¿Usted le vio sonreír?
-Sí. Lo hizo en varias oportunidades.
-¿Cuándo?
-Siempre que yo preguntaba cosas... Y también al interrogarle sobre su lugar de origen. Mire usted, desde el primer momento en que yo entré allí, él quiso darme la sensación de que era un hombre feliz. De que yo no tenía nada que temer...
-Es decir, ¿temió usted en algún instante por su vida o por su seguridad?
-Sentí miedo, sí. Pero fue algo natural, digo yo. Un miedo a lo desconocido. A lo insólito. Pero no a aquellos hombres. Eso no.
»En realidad parecía como si estuviera entre amigos...
-Y al margen de no querer responder a su pregunta sobre el lugar de origen del ovni, ¿se negó aquel tripulante a contestar a otras cuestiones?
-No. Salvo ese punto, siempre lo hizo.
-¿Cómo era el timbre de voz?
-Normal. El que pueda corresponder a un hombre de unos cuarenta y tantos años.
-¿Y era una voz natural?
-Sí.
-Quizá usted sepa que ha habido casos en los qué los testigos han hablado también con tripulantes de ovnis y que, a veces, esa voz parecía surgir del pecho.
-No, no lo sabía. Pero aquel hombre hablaba de forma normal. Su voz salía por la garganta.
-¿Recuerda si le dejó tocar los aparatos?
-Sí. En una ocasión yo probé una de aquellas «palancas» y vi que, en efecto, se necesitaba cierta fuerza para moverlas. En otro momento, mi interlocutor me señaló uno de los instrumentos que permitían cambiar la gravedad y yo lo toqué también...
-¿Cómo eran las empuñaduras de las palancas? ¿Estaban recubiertas con algún material conocido: piel, cuero, etcétera?
-Parecía plástico y acero inoxidable... Todo metálico.
-¿Y los asientos?
-Tenían un color entre gris oscuro y azul. Y también parecían de plástico. Pero, no lo sé, porque no pude sentarme...
-¿Y cómo era el suelo?
-Metálico.
-¿De qué color?
H. M. permaneció unos segundos en silencio. Como recordando.
-Algo similar al acero. Gris... Pero no recuerdo que tuviera material alguno encima.
-¿Caminaba usted con comodidad? ¿Era silencioso?
-Sí.
-¿Qué temperatura reinaba en el interior del objeto?
-No lo recuerdo, quizá porque no encontré diferencia apreciable con el exterior.
-¿Y hacía calor en aquella época del año en Sudáfrica?
-Bueno, quizá unos veintidós grados a esas horas de la noche...
-¿Sudaba usted?
-Sí, yo sí.
-¿Y ellos?
-No. Creo que no.
-Sigamos con otros detalles de la descripción física. ¿Decía usted anteriormente que los cabellos eran cortos...?
-Sí. Y lisos. También aprecié algunas canas en el hombre que me hablaba.
-¿Qué color dominaba en sus cabellos?
-Todos tenían el mismo: como el suyo...
La respuesta del ingeniero había sido fulminante. No había dudado. Y remachó:
-Sí, todos tenían un cabello color castaño...
-¿Vio cejas?
-Sí, claro.
-¿Y qué forma tenían los ojos?
-También normales.



El tiempo destinado a la grabación de este primer programa de televisión se agotaba. Y el realizador levantó su brazo por detrás de la cámara, señalándome que abreviara. Y así lo hice, con todo el dolor de mi corazón...
-Hábleme brevemente de aquellas ventanas. Me comentaba usted en cierta ocasión que le extrañó no ver luz desde el exterior del ovni...
-Sí. De eso me di cuenta al entrar en el aparato. Mientras permanecí fuera, yo no vi más luz que la que salía por la abertura de la escalerilla. Sin embargo, una vez dentro, pude comprobar que las estrellas eran perfectamente visibles a través de los cristales... ¿Cómo podía ser? En aquella época, cuando tuvo lugar ese suceso, no se habían inventado todavía los actuales cristales que no dejan pasar la luz del interior al exterior.
-¿Cómo eran las ventanas?
-En realidad daba la sensación de ser un único ventanal circular, con las correspondientes divisiones cada setenta y cinco centímetros, más o menos.
-¿Podía tratarse de cristal?
-No pude tocarlo. Sólo sé que era algo transparente.
-¿Y a qué altura estaban del piso?
-Inmediatamente encima del respaldo de los asientos. Es decir, a un metro, aproximadamente. El asiento en sí apenas si levantaba unos cuarenta centímetros sobre el suelo.
-¿Cómo se abría la puerta del ovni?
-No lo sé con seguridad, pero pienso que hacia arriba, hacia el techo. Y le digo eso porque, al subir por la escalera, lo primero que vi, a derecha e izquierda, fueron los asientos. Eso descarta la posibilidad de que se abriera lateralmente.
-Por cierto, ¿cómo era la escalera?
-¡Oh!, no sé... Recuerdo que metálica y parecida a esas escalerillas que colocan en los aviones.

A lo largo de nuestras anteriores entrevistas H. M. me había señalado siempre un detalle de vital importancia para él en lo que al «tren de aterrizaje» del ovni se refiere.
Y en esta ocasión volvió a insistir en ello.
-Cuando años después me trasladé a España -prosiguió-, hubo algo que me llamó extraordinariamente la atención.

» Un día; caminando por Madrid, pasé ante una librería. Y quedé paralizado al ver la portada de un libro. Allí aparecía dibujado uno de esos «platillos volantes», con una especie de gran «H» en el centro. Aquella «H», precisamente, se asemejaba mucho al hueco que yo vi en la panza del ovni y en el que se introducía, sin duda, el «tren de aterrizaje» del objeto. Fue entonces, al descubrir ese dibujo, cuando mis dudas terminaron por desvanecerse. Aquello NO había sido un sueño.



El ingeniero se refería al conocido libro de mi buen amigo Antonio Ribera y de Farriols, Un caso perfecto, y en el que se recogen las fotografías e investigación sobre la polémica nave vista en San José de Valderas, en 1967. Este ovni aparece en las fotografías con una enorme y enigmática «H» en su panza.

Pero, cuando le pregunté a H. M. si conocía algo sobre el célebre asunto «UMMO», respondió que no, que aquélla era la primera vez que escuchaba esta palabra...
-¿Podría describirme el «tren de aterrizaje» de aquel objeto?
-Eran «patas» en forma de tubo.
-¿Remataban en alguna forma concreta: bolas, ruedas, etcétera?
-No sé exactamente. Imagino que usted habrá subido alguna vez en un avión...
-Asentí.
-... Pues bien, ¿podría usted decirme con detalle cómo están formados los «trenes de aterrizaje» de esos aviones?
»Para mí que tenía tres soportes, aunque tampoco estoy seguro. Quizá pudiera haber cuatro... Recuerde que estaba muy oscuro.
»Lo que vi con nitidez fueron dos de estos soportes y, en medio, la escalera. Si detrás había uno o dos soportes más, eso no se lo puedo decir. Yo pensé entonces que sólo había una tercera «pata».
-¿y qué altura tenían esos soportes?
-No mucha. Más o menos, un metro y algo. Yo no podría caminar por allí. Eso sí, parecían muy sólidos y fuertes. Y en la «panza» del objeto se distinguían con claridad unas oquedades en las que podían ser acoplados los soportes. Estaba claro que el plegamiento del «tren de aterrizaje» era «hacia dentro». Y le digo que se apreciaban con claridad esos huecos en el ovni, porque el resto del fuselaje era metálico y esa parte destacaba por su oscuridad.
-¿Cree usted que aquel «tren de aterrizaje», una vez plegado, podía ofrecer esa figura en forma de "H»?
-Sí, así es. Y eso fue lo que me llamó la atención al ver aquel libro.

--Hubo antes un detalle que se me pasó por alto. ¿Había mujeres entre aquellos cinco tripulantes?
El ingeniero sonrió.
-No creo. Al menos, todos tenían aspecto de hombre...
-¿Qué fue, H. M., lo que más le impresionó de aquellos hombres?
-Que no hablaban entre sí. Reúna usted a tres hombres de cualquier país en torno a otro, herido o enfermo, y se dará cuenta que es imposible que permanezcan callados. Y aquéllos no. Aquéllos parecían mudos. Hacían cosas, sí. Andaban de aquí para allá. Se movían. Pero no abrían la boca.
-¿Manejaban algún medicamento?
-No. Y lo curioso es que ellos tenían algo en las manos. Pero ¿de dónde lo sacaban? En las paredes no había armarios... Y tampoco en los asientos o junto a las ventanas.
-Usted es ingeniero de instrumentación. Supongo que se daría cuenta de los remaches o soldaduras...
-No había remaches por ningún lado. Todo era liso. Metálico. Y de un mismo color: como el acero inoxidable.
-¿Había algún emblema, bandera o inscripción en los aparatos, paredes o en los mismos uniformes de los tripulantes?
-No, tampoco. Todos vestían exactamente igual. Le repito que si hubiera habido algo extraño yo me habría dado cuenta en seguida.
-¿Le dijo aquel hombre para qué necesitaba el agua?
-Sí. Él dijo:
»-Tenemos un compañero que está un poco enfermo.
»Yo pensé en un principio, antes de ver el ovni que podía necesitar el agua para su coche y no hubiera importado entonces que quedara algo de aceite en la lata. Pero, al no ser así, el agua tenía que estar completamente limpia.
-Era potable, claro...
-Sí. Aquel riachuelo cae desde la montaña. Y es agua muy buena.
-Sí.
-¿Conservaba la bata blanca el tripulante enfermo?
-¿Vio usted si tenía el mismo color de piel que sus compañeros?
-No pude apreciar eso. Estuve siempre al otro lado de la sala.
-¿Se quejaba?
-No.
-¿Podía estar muerto?
-No, eso no. Yo vi cómo se movía de vez en cuando.
-Y el «hombre de la lata», ¿le preguntó algo a usted?
-No. Siempre fui yo el que interrogaba...
-¿Iban armados?
-No. Ninguno. Tampoco vi pistolas ni nada de eso...
-¿Recuerda exactamente cómo se produjo su despedida del ovni?
-Sí, perfectamente. Unos minutos antes de descender por la escalerilla, aquel hombre, sin forzarme, me fue dirigiendo hacia la entrada. Estaba claro que quería que me marchase. Es como cuando uno está con una visita en el pasillo de su casa y el dueño empieza a caminar hacia la puerta, como queriéndole decir al visitante que ya está bien y que se puede ir. Algo así.
-¿Usted se hubiera quedado más tiempo en el interior del aparato?
-Supongo que sí. El miedo había desaparecido y aquello era insólito. Después, cuando pasaron las horas y los días, me di cuenta que había un millón de preguntas que podía haberle formulado... Pero tampoco tuve mucho tiempo.
-Han pasado ya años desde aquel «encuentro». ¿Conserva usted las imágenes con claridad?
-Con total y absoluta precisión. Y creo que jamás se borrarán de mi cerebro. Aquello fue algo muy fuerte. Algo insólito en mi vida y que, supongo, no se volverá a repetir.
-¿Creía usted en los ovnis?
-Hasta ese momento, jamás me había preocupado el tema. Reconozco que era escéptico. Ahora sé que se trata de un problema serio. Y que la Humanidad tendrá que enfrentarse, tarde o temprano, con él...

Aquí se dio por concluido el rodaje del programa.
H. M. y yo somos hoy buenos amigos. Y en conversaciones posteriores he podido saber que, desde hace algunos años, el ingeniero inglés dedica buena parte de su tiempo libre a tratar de fabricar un dispositivo «antigravedad» similar al que, en aquella inolvidable noche en Sudáfrica, le fue expuesto por aquel hombre del espacio.

Pero H. M. lo lleva en riguroso secreto y no desea, por ahora, que se hagan públicos sus descubrimientos.
Por mi parte, he podido averiguar -y así lo reflejo también en mi libro Alto secreto-que algunas de las grandes potencias como USA, URSS e Inglaterra están dedicando miles de millones de pesetas a numerosos proyectos de investigación que giran precisamente en torno a este mismo tema del dominio de la gravedad. Sólo en los Estados Unidos hay ya, desde hace años, más de setenta universidades y empresas privadas que trabajan sobre ello.

Es casi seguro, en fin, que en el plazo de unos años, la navegación aérea sufrirá un revolucionario cambio. Y la clave, sin duda, estará en algún sistema similar al que un día le fue mostrado a este afortunado ingeniero en el interior de un ovni. Y mientras el equipo de TVE, y yo con ellos, brindábamos por la salud de H. M. y de Mercedes, su encantadora esposa y a la que se debe buena parte del éxito de esta entrevista, puesto que terminó de convencer al ingeniero para que rompiera su silencio de años, mis pensamientos quedaron inexplicablemente fijos en un punto de nuestra larga conversación.

¿Por qué H. M. no pudo conciliar el sueño aquella noche?
«Después de trabajar hasta muy tarde -había contado-me dirigí al dormitorio con intención de acostarme. Pero a los quince o veinte minutos tuve que levantarme. No podía dormir... »
Por un instante me vino a la mente una idea que, por supuesto, nadie puede probar. Y yo, mucho menos.
¿Pudo recibir el ingeniero algún tipo de «llamada» u «orden» de tipo telepático para que saliera con su coche a la carretera?
Es posible, naturalmente, que no fuera así y que, por el contrario, todo se debiera a la casualidad...
Sin embargo, y por razones que quizá algún día me atreva a exponer, yo, personalmente, no creo en la casualidad.
El programa estaba en marcha. Y con muchos más ánimos que en la noche precedente, el equipo se retiró del domicilio del ingeniero. Al día siguiente nos aguardaba un nuevo y apasionante rodaje.

Pero antes de abandonar Bilbao y regresar a mi casa, en Lejona, el productor del programa, Gerardo Zubiría, me preguntó si podría llevarle en mi coche hasta el aeropuerto de Sondica. En una de las mil idas y venidas a las instalaciones de carga de dicho aeropuerto para tratar de recoger la nueva cámara de televisión que llegaba de Madrid, Gerardo había tenido que abandonar su vehículo. El depósito del «124» se había quedado sin gasolina.

Y, entrada ya la noche, llegamos a las puertas del aeropuerto bilbaíno.
Gerardo sujetaba entre sus pies una lata que, minutos antes, le habían llenado en una de las gasolineras del alto de Enécuri.
Y con toda la tranquilidad del mundo nos dirigimos hacia la zona de carga del aeropuerto. Sondica no recibe tráfico aéreo durante la noche y, dado lo avanzado de la hora, las instalaciones aparecían desiertas.
Dejamos atrás la barrera que separa el área de pistas, torre de control y almacenes de carga del resto de las instalaciones y que, extrañamente, se encontraba levantada.
Y enfilamos con el coche hacia los almacenes de Iberia, donde yo había acudido ya en otras ocasiones.
En aquel instante, y quizá debido al gran cansancio del día, no me percaté del grave error que estábamos cometiendo...
Pero, segundos después de rebasar la citada barrera, la figura de uno de los vigilantes armados frente al coche me hizo caer en la cuenta de lo arriesgado de nuestra maniobra...
Detuve bruscamente el coche, consciente de mi peligroso error. Y me apresuré a hablar con dicho vigilante.
Cuando trataba de exponerle nuestras intenciones, y todavía desde el interior del vehículo, vi aparecer entre la oscuridad de la pista dos guardias civiles que colocaron sus metralletas a ambos lados de mi coche...
La verdad es que la situación no podía ser más delicada. Un coche había penetrado a altas horas de la noche en zona prohibida del aeropuerto de Bilbao. Y, para colmo, uno de los dos jóvenes que lo ocupaba llevaba una lata de gasolina entre sus piernas...
No estaba la situación en Bilbao y en el País Vasco en general en aquellos momentos como para andar con estas «bromas»...
Cuando, al fin, y medio temblando, logramos exponer nuestra situación a los agentes, uno de ellos me comentó al tiempo que me devolvía la documentación:
-Ustedes han nacido hoy... Si avanzan unos metros más los hubiéramos ametrallado.
Pero no iba a ser aquélla la única vez que mi vida corriera serio peligro a lo largo del rodaje de estos programas de televisión.

El investigador español J.J. Benitez